En este último rato…

Ya no me hablan dos amigos, palmó cierta gente, pasaron dos colas de tornados, una tormenta eléctrica; me molestó la garganta y tuve frío. Llamé una vez a mi psiquiatra, cambié de estados de ánimo y de temperatura, anduve con miedo, con sueño, con bronca, estuve solo, volví a llamar al psiquiatra.

En este tiempo corto, dormí siestas de bestia, siestas de invierno, de verano y me tiré media horita. Mientras tanto se me rompió el hígado, me brotaron fuerte las hemorroides. Y mientras miraba las manchas de humedad del techo, descubrí que el macabro placer de Freud, podía ser el culpable de la tristeza y viceversa.

En este mismo momentito, comprendí que todo es un proceso químico, producto del funcionamiento correcto de los órganos humanos, que de eso dependía la felicidad. De lo contrario la vida sería como tomar mate frío con la suegra, no abrazar en las noches frías, no saborear el vino, que se te desatan los cordones tres veces en una cuadra, que el viento no te deje prender el petardo, que te inviten un chupito de pisco barato caliente, que coman un chori con salsa criolla en tu jeta y vos seco o que vayas a mear al baño de un restaurante y las tres últimas gotas vayan al pantalón color crema.

Claro que de esto, hace tanto y tan poco, que ya ni me acuerdo.

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