La Pensión ( Capítulos )

CAPITULO 1

LA PENSIÓN

Luis había quedado solo con la casa de la capital.  Era la casa familiar donde habían vivido, él, la madre y el padre. Hizo las reformas de los baños, acondicionó el patio, agrandó las habitaciones de servicio y unas bauleras. Vendiendo el pequeño departamento de su madre, había terminado algunos detalles de electricidad, gas y calefacción, que era por agua con radiadores.

Y empezó a administrar la pensión, era una forma de decir.

Se ingresaba por una doble puerta ciega, luego un pasillo corto o zaguán y otra puerta con ventanales hasta arriba que desembocaba en el patio central.

A la derecha, en la planta baja vivían tres hermanas, oriundas de Gral. Chaves, un pueblo del interior de la provincia, traían el triste mote de ser las trillizas únicas. Así les decían porque se destacaban por ser parte de las pocas trillizas que no gozaban de belleza alguna. Habitación lindante Anita “tarot”, una mujer de cuarenta años de quien se decía era amiga de las artes oscuras, tenía grandes ojos verdes.

Las dominicanas, dos hermanas que estaban al lado de la cocina entre el lavadero y  Anita. Ocupaban una pequeña pieza con una cama cucheta  y un escritorio donde estudiaban. No eran prostitutas, por más que tantos insistieran.

Los peruanos se ubicaban al fondo, en el sector más oscuro lo que les era favorable por estar fuera de la ley.

Sobre el terreno de la casa de al lado, Roberto, un visitador médico, y Luis usaban el cuarto pequeño. Motivo por el que muchos pensáramos que eran pareja.

Pasajeros de esta dimensión curiosa, solo transitaban algunos días o meses, luego se perdían en las rutinas del tiempo aquel, para seguir con otras vidas prestadas, tal como yo.

El patio tenía una mesa redonda de cemento con trozos de cerámico incrustados, los bancos del mismo estilo y otra mesa de tablones agarrados con bulones a unas patas de hierro. Siempre andaba gente, salvo algunos días de invierno. En las noches húmedas de primavera y verano corría una brisa fresca con perfume a tilo.

En la planta alta habían continuado la construcción. Estaban las piezas de “Sumo”, un japonés ex luchador, de ahí el mote. Y la del viejo Bautista un jubilado de la oficina telégrafos, que vivía conmigo sobre el garaje dónde improvisaba su negocio Jorge.

Al fondo a la derecha, como debe ser en cualquier caserón antiguo, estaban los baños los cuales para mayor comodidad habían sido reacondicionados. El de damas por un lado, caballeros por el otro, cada uno con cuatro duchas, inodoros y lavamanos. En el centro de ambos, como un monumento, una bañera antigua de cobre con canillas como serpientes, manijas como garras de halcón y patas de león. Luis estaba orgulloso, decía que se las había regalado una amiga muy especial, que se la había traído de Italia, una tal Victoria.

El viejo caserón guardaba susurros, voces apagadas de otros tiempos, se podían confundir formas a media tarde y sentir la brisa de roses, hasta pasos acelerados, rechinando el piso de madera del pasillo y una constante sensación de estar siendo observado.

Dejando de lado las reformas, la mayor parte de la casa, gozaba de excelente conservación, hasta en detalles de decoración como, candelabros de bronce y luminarias al estilo de arañas del mil novecientos. Como una opaca foto envejecida por la humedad, pero con vida.