La Pensión, CAPITULO 4 “HAKUHO”

Mis padres, mis tíos, habían sido luchadores de sumo, también sus padres y sus abuelos, menos uno.

Mi padre tenía un restaurante donde se cocinaba el plato tradicional de los luchadores, el Chanko Nabe un plato saturado de grasas y proteínas. Era uno de los que mejores cocineros de este guiso. El plato tenía una base de pollo, rabo, papas, cerdo y verduras, todo en una hoya y muchas sobre el fuego.

Los luchadores eran tipos muy admirados, tenían un alto estatus en la sociedad, significaban mucho para los japoneses. El luchador comía abundante, dormía largas siestas buscando no quemar grasas para mantener peso. El entrenamiento comenzaba en la juventud, algunos desde la niñez.  La familia los educaba con los valores que debía tener un luchador y se  los llevaba a las escuelas tradicionales de esta disciplina honorable.

Yo crecí de esa manera, con estos hombres y esa educación, no dudaba que ese era mi lugar, cumplir con la tradición y ayudar con el restaurante, que un día seria mío como legado. Tenía el ejemplo de un tío que había deshonrado a la familia y partió, dejó la familia para vivir en un pueblo que se juntaba las más bajas costumbres y lo peor de las personas. Se lo había llevado una mujer blanca, de un país gris caído del mapa. Lo había seducido hasta enamorarlo, dicen que a costa de hechizos y una extraña danza pagana.

Eran las vísperas de mi cumpleaños número diecisiete,  la casa estaba alborotada se escuchaban voces en voz alta, hombres discutiendo en la sala y  a las mujeres susurrar entre ellas en la cocina. Había regresado mi tío y me quería saludar por mi cumpleaños. Mi padre estaba indignado, ellos no se hablaban desde que eran jóvenes y no se veían. No se sabía nada de él y de repente estaba de vuelta. En medio del alboroto mi padre entro en la habitación con mi tío y le ordeno -“lo saludas y te vas-”.

-Sobrino volví, dijo aquel hombre, que para mí, era un desconocido,-Anduve ocupado por el mundo, vengo a mostrarte algo que cambió mi vida, dijo, sabiendo que mi padre lo echaría pronto. -Quiero que conozcas lo que he descubierto y eso te hará ver la vida con otros ojos-. Diciendo esto se fue apurado y sin saludar.

Eso había sido todo, me quedé mirando la pared buscando que pensar. Tres días después  llega un  sobre a la casa con mi nombre.  Era una invitación para la inauguración de a un salón de baile y escuela de Tango, palabra que desconocía por completo y quedó rebotando en mi cerebro.

En la puerta había un cartel que decía “Primer escuela de Tango del Japón”. El lugar era exageradamente grande, había algunas mesas con sillas cerca de una barra de una cantina. Había llegado temprano, la sonrisa de mi tío me invitaba a acercarme. Estaba en un rincón con un disco en la mano,- ¡Escucha che!, me dice. -Este es el más grande,- En la tapa decía algo que no podía leer,-! es de  Carlos Gardel- dijo el tío emocionado. Lo puso en el tocadiscos que estaba conectado al amplificado y salía por dos enormes parlantes.  Cerró los ojos, suspiró y la gente que era unos pocos amigos, comenzaron a tomarse de la mano y medios abrazados bailaban de una manera que me llenó de curiosidad. Se tomaban casi de manera indecorosa, sensual pero a la vez exótica. Me interesaba, me atraía la profundidad de las miradas, los rostros pegados, la fusión de los cuerpos, la mujer enredada en las piernas del hombre, esa curiosidad me había conmovido. Sin duda esta sensación no venia del cielo.

Cuando mi padre se enteró me ordenó prometer no regresar nunca.  Por otra parte mi tío viendo lo que provocaba el tango en mi corazón, me dijo, -Tenés que conocer Buenos Aires, existe magia en ese lugar. Me dijo y yo lo mire serio y le pregunté,  ¿seguro que no es parte del infierno?, él sonrió. Comencé a pasar por el salón, me quedaba de paso por donde entrenaba.  Mi tía no hablaba japonés, así que yo le enseñaba mi idioma y ella el castellano y a bailar. Comencé con algunos pasos tímidos, y con el tiempo, el idioma fluía como mis pies. Ya casi no iba a lucha, solamente quería bailar, el tío estaba asombrado por el progreso que había tenido, sin embargo no podía darse cuenta que esto traería.

Fueron tiempos fundamentales, la felicidad se me notaba, hasta tenia que ponerme serio al regresar a casa para que mi padre no desconfiara de mi alegría. El tango había entrado en mi vida de una forma que no me esperaba, era solo un joven, la sangre en mi corazón se había impregnado con los olores de tabaco, mujeres, del vino tinto chorreado en la barra. Disfrutaba del silencio del salón de baile vacío, esperando la noche para brillar, dándome la oportunidad de acercarme a alguna de las bailarinas de mi edad y charlar de buenos aires y los bares, las milongas, el tango y tantas otras cosas que desconocía, pero que me animaba a saborear. Emocionado como quien habla del mar, por fotos o de un viaje por el mundo solo por lo que vio en revistas y cosas que cuenta la gente. Mi adolescencia estaba comprometida con algo que me costaba explicar con palabras, ya no era un joven destinado a vivía para luchar sumo o cocinar en el restaurante de mi padre. Tenía sentimientos encontrados.

Mi padre apenas me hablaba, no por rencor si no que nos estábamos alejando, o mejor dicho yo me perdía en sensaciones, placeres, perfumes. Me la pasaba distraído, tarareando tangos, pensando en lo que me contaban mis tíos de ese extraño lugar, donde se encontraban las razas europeas, los criollos y salía producto del la mestura, música, pintura, clubes de futbol, todas las pasiones. Su realidad estaba amenazada por veneno que trajo su hermano, del que yo bebí sin decoro, ni continencia. Me sentía parte de algo ajeno, una contradicción que mi padre definió como una crisis de la adolescencia.

El tío comenzaba a tener problemas para mantener económicamente el salón, los que frecuentaba el lugar, eran vecinos,  amigos Y  aunque fascinados por el tango y su cultura, para ellos estaba primero Japón y el resto era de alguna manera era una traición a su creencia y patria. El tío hizo todo lo posible para mantenerse, pero claro para popularizar un estilo de baile, hay que dar clases gratis para atraer más gente, los fines de semana que era cuando se hacían los bailes muchas veces la entrada no la cobraba. Le quedaba el dinero de algunos tragos que podía cobrar  en la barra. Con el tiempo se fue cansando y lo que había ahorrado se fue terminando, esto lo llevó a la ruina sin remedio y decidieron volver a la Argentina.

El vacío que me había quedado fue completo, no podía recuperar mi vieja vida de luchador y cocinero. Y mi nueva vida, se había terminado con la partida de mis tíos. Era curioso ver a un chico de casi dos metros y más de ciento cincuenta kilos, sentado en una plaza, deprimido y secando sus lágrimas con la manga. Ahí me encontró mi padre, se me acerco, me tomó de la mano con mucha fuerza, -discutí con tu madre – me dijo. Y con sabiduría japonesa me dijo. –Y yo ya perdí a un hermano por no poder comprender, no voy e perder a mi hijo por el mismo motivo. Quizás tu vida no este acá con nosotros, nuestros corazones estarán contigo, ve a la Argentina  y vive tu sueño- me entregó un sobre con ahorros- esto te va a servir para comenzar me dijo y me abrazo como nunca lo aria un Japones.

No podía creer las palabras de mi padre, ese día comprendí lo difícil que había sido para él tomar esa decisión. Armé las valijas, me despedí de mi madre,  y después de barias paradas mi vuelo llego a buenos aires, busqué una pensión y… bueno esa es otra historia.

 

La Pensión ( Capítulos )

CAPITULO 1

LA PENSIÓN

Luis había quedado solo con la casa de la capital.  Era la casa familiar donde habían vivido, él, la madre y el padre. Hizo las reformas de los baños, acondicionó el patio, agrandó las habitaciones de servicio y unas bauleras. Vendiendo el pequeño departamento de su madre, había terminado algunos detalles de electricidad, gas y calefacción, que era por agua con radiadores.

Y empezó a administrar la pensión, era una forma de decir.

Se ingresaba por una doble puerta ciega, luego un pasillo corto o zaguán y otra puerta con ventanales hasta arriba que desembocaba en el patio central.

A la derecha, en la planta baja vivían tres hermanas, oriundas de Gral. Chaves, un pueblo del interior de la provincia, traían el triste mote de ser las trillizas únicas. Así les decían porque se destacaban por ser parte de las pocas trillizas que no gozaban de belleza alguna. Habitación lindante Anita “tarot”, una mujer de cuarenta años de quien se decía era amiga de las artes oscuras, tenía grandes ojos verdes.

Las dominicanas, dos hermanas que estaban al lado de la cocina entre el lavadero y  Anita. Ocupaban una pequeña pieza con una cama cucheta  y un escritorio donde estudiaban. No eran prostitutas, por más que tantos insistieran.

Los peruanos se ubicaban al fondo, en el sector más oscuro lo que les era favorable por estar fuera de la ley.

Sobre el terreno de la casa de al lado, Roberto, un visitador médico, y Luis usaban el cuarto pequeño. Motivo por el que muchos pensáramos que eran pareja.

Pasajeros de esta dimensión curiosa, solo transitaban algunos días o meses, luego se perdían en las rutinas del tiempo aquel, para seguir con otras vidas prestadas, tal como yo.

El patio tenía una mesa redonda de cemento con trozos de cerámico incrustados, los bancos del mismo estilo y otra mesa de tablones agarrados con bulones a unas patas de hierro. Siempre andaba gente, salvo algunos días de invierno. En las noches húmedas de primavera y verano corría una brisa fresca con perfume a tilo.

En la planta alta habían continuado la construcción. Estaban las piezas de “Sumo”, un japonés ex luchador, de ahí el mote. Y la del viejo Bautista un jubilado de la oficina telégrafos, que vivía conmigo sobre el garaje dónde improvisaba su negocio Jorge.

Al fondo a la derecha, como debe ser en cualquier caserón antiguo, estaban los baños los cuales para mayor comodidad habían sido reacondicionados. El de damas por un lado, caballeros por el otro, cada uno con cuatro duchas, inodoros y lavamanos. En el centro de ambos, como un monumento, una bañera antigua de cobre con canillas como serpientes, manijas como garras de halcón y patas de león. Luis estaba orgulloso, decía que se las había regalado una amiga muy especial, que se la había traído de Italia, una tal Victoria.

El viejo caserón guardaba susurros, voces apagadas de otros tiempos, se podían confundir formas a media tarde y sentir la brisa de roses, hasta pasos acelerados, rechinando el piso de madera del pasillo y una constante sensación de estar siendo observado.

Dejando de lado las reformas, la mayor parte de la casa, gozaba de excelente conservación, hasta en detalles de decoración como, candelabros de bronce y luminarias al estilo de arañas del mil novecientos. Como una opaca foto envejecida por la humedad, pero con vida.