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UN PANDA APUÑALADO

Éramos cuatro o cinco parroquianos que en las tardes de otoño buscaban bajar la angustia. En el local, los vidrios se empañaban en el centro del ventanal mientras por los marcos alcanzaba a filtrarse un chiflete helado.

Natto se sentaba en la mesa pegada a la ventana junto a la puerta, trataba de dar vuelta un papel de chicle con la punta de unas zapatillas negras de suela tan gastada al punto de sentir las uniones de las baldosas del piso. Las tenía desde los catorce -me traen suerte decía- como si no lo conociéramos.

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DOS VIEJAS AMIGAS

Miguel escucha la puerta y se asoma muy sigiloso por la ventana cubriéndose con la cortina, ¡Es la asistente social mamá, agarra la pelota ya! Dale que le abro, no la hagamos esperar.

-Hola Licenciada.

En la mesa de la cocina hay dos viejas haciendo ejercicios con los brazos, cada una con una pelota, una está enferma.

Dos cuidadoras aparecen del fondo, cambiaban de turno y la que se va, pasa el parte del día.

-¡Mira quien vino mama! le dice Miguel a una de las viejas, con emoción fingida. Inmediatamente se mira una a la otra sin dar señales de recibo de lo dicho por el joven. -Es la señora de la obra social, te vino a ver, dice poniendo una euforia desmedida. La vieja mira nuevamente a la otra mientras levanta una pelota de goma con la mano estirando el brazo lo más alto posible, se la pasa a la otra mano y la baja nuevamente como haciendo un cuadrado imaginario en el aire. La otra vieja replica como un espejo y asiente en cada movimiento, como dando la aprobación de un experto.

Nuevamente timbre, es el kinesiólogo, entra con aires familiares.

-Mirá mamá ¿quién es? -le dice el hijo. -No le digan, no le digan – dice el kinesiólogo con cara de pelotudo y hablando como le hablan a los bebes los padres primerizos -Ma…, ma… Marce… Marcel…, Marcelo, dice la vieja con cara de nada para que el pelotudo la termine de acosar.

El hijo prepara mate. -¿Quieren? ¿Toma Licenciada? –Y… si está haciendo, tomo-. Con vos fría y cortante comentó ella. -Hay que llenar unos formularios por el tema de las cuidadoras y el kinesiólogo, para que el subsidio continúe. Las miradas se cruzaron en todas direcciones, sin que nadie hiciera un comentario. Las viejas, sin hacer un impasse levantan la pelotita de goma lo más alto posible con la mano derecha y la pasaban a la izquierda y abajo.

La gata negra sin descuidar el recorrido de la pelotita, con muchas ganas de poseerla, parece sonreír. Salta de silla en silla y se apura con un claro caminar sensual hasta la puerta, gira el cuello para un último paneo y se va.

Las paredes guardaban la humedad de años, la pava tenía la manija de madera atada con alambre, la salamandra lograba un ambiente cálido, con un dejo de olor a humo.

En la cocina la cuidadora comenzó a hervir unas verduras y un pedazo de osobuco. La mañana se pasó completando planillas de la obra social, con la firma de los responsables.

La Licenciada se levantó y con una mirada panorámica y detallista, se acercó a la puerta, miró a una de las viejas y dijo -Bueno Marta, te veo bien, seguí mejorando, paso en unos meses. Una de las viejas levanto la mirada y le dijo -Gracias Adela, saludos a tu hijo Manuel y que sigas bien. Se sonrieron y cruzó puerta.

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ELEGANCIA FELINA

La habitación estaba en una de las esquinas de la parte superior del edificio, la mayoría de las paredes estaban vidriadas. Durante el día se bajaban unas cortinas de black out que atenuaban los brillos, hasta oscurecer el lugar. Al llegar la tarde el sol se tornaba de color naranja, levantaban las cortinas y la vista no tenía fin. Se podía ver casi toda la ciudad. Las casas con techos coloniales, algunos barrios que se distinguían por mantener los estilos en una construcción vieja de colores opacos.

A esa hora, cada día y no puedo precisar durante cuanto tiempo, llegaba la fiebre.

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