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REGALOS

Era un hombre grande, vestido de rojo, de barba blanca, Recuerdo cuando estábamos distraídos tratando de ver trineos en el aire, como si los coches y las carretas volaran. Aparecía  por el patio o por una chimenea por la que apenas pasaba un gato.

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CASCABEL

 

Parece que la cosa va para peor, la fiebre no baja. Los  médicos en los pasillos discuten en voz baja. Caminan de una punta a la otra. Recorren el nosocomio como si las respuestas estuvieran repartidas por partes, en los rincones. Disimulan, no saben que tiene, cual es el mal que la aqueja. Le sacan sangre, llevan y traen estudios de  diferentes centros de análisis. Una bacteria, un virus, algo alojado en el sistema respiratorio. Las hipótesis se agotan, los argumentos decaen. Le están dando antibióticos sin encontrar uno, que le dé resultado.

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EMILIO ESPERA

¿Cuántas veces la mosca golpea contra el vidrio su nariz? pensaba Emilio mientras malgastaba tiempo en la sala de espera del doctor Méndez.  Quedaban pocos pacientes y algunas madres inquietas, tratando de malcriar a media docena de niños aburridos, aburridos como Emilio. Dos hermanos previsores traían consigo cochecitos y competían haciéndolos correr con toda sus fuerzas, uno tenía la rueda derecha delantera trabada y encaraba con firmeza la puerta de un pediatra. El pasillo largo, tedioso, con un decorado de cuadros olvidados, laminas que nadie siquiera ve.

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SIN FUTBOL

De todo el cielo apenas un rayo de sol con ácaros alcanzaba a filtrar la ventana casi impenetrable de la habitación del más chico de los hermanos, los hijos del doctor Cairo. El pequeño Beto dedicaba las tardes encerrado, a la exploración física y psíquica, la compu explota de dibujos de chinitas medio desnudas y el historial cuenta anécdotas de porno. Los controles de la play arrumbados ya con un ciclo agotado de campeonatos mundiales y de muertes de muertos vivientes.

La espalda encorvada, los dedos ligeros en teclado, chatea, sube fotos que jamás se sacó, a una página de su autoría llena de eventos que a todos les gusta.

La ropa del colegio abrigando la alfombra del suelo. Las zapatillas sin fútbol, ni escondidas, ni más desgaste que las que logra el profe de gimnasia una vez cada dos semanas, si no se enferma su perro.

¡Beto, bajá a cenar! Grita la mujer del doctor, él no contesta, corre unas medias, esconde unos trapos que fueron remeras y ahora guardan un legado que apesta a un denso olor a semen desbordado. Se suena los mocos, suspira mira una foto vieja, se refriega los ojitos, resopla y baja a cenar.

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EL HOMBRE Y EL CORONEL

Silbaba bajo, no levantaba la mirada. Algunos conocían su nombre pero no lo pronunciaban. Hablaba poco y nadie quería saber. Se rascaba la nariz seguido con delicadeza y educación. Siempre tenía a mano un pañuelo para el lagrimal que descargaba y le mojaba el rostro. Cuando hablaba no usaba palabras vulgares. Siempre sentado en el sillón antiguo de resortes vencidos, susurraba, rara vez, decía.

Se tomaba su tiempo para las ceremonias por más sencillas que fueran. Las realizaba con respeto, amigo de la práctica continua de los detalles. En la prolijidad lograba una particular elegancia.

Los rumores que circulaban eran muchos, nadie confirmaba nada y algunos fabulaban tonterías sobre un accidente, o la vida de circo o un naufragio.

En el chaleco de un viejo traje guardaba su reloj de bolsillo. Lo miraba seguido. No tenía citas, ni esperanzas de visita alguna pero en ese reloj encontraba un tiempo que en una foto había quedado capturado. Estaba perdido en el olvido.

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EL BANCO

Tres ventanillas cobran, y eventualmente, según como se presente el día, se podrían habilitar dos mas para plazos fijos y otras operaciones. Miguel es policía, mantiene la seguridad en la bajada y subida de caudales al camión, camina, es el acosador de los que no apagan o silencian el celular. Cruza los brazos sobre el pecho y los sostiene apoyados en la panza. Hace asesoramiento de las pequeñas cuestiones direccionales.

Mirta es la que atiende la caja uno, perfuma el box con profundo olor a quitaesmalte, vende lápiz de labios, boca roja, toma mate sola, porque mancha la bombilla con rush, está deseosa, tiene de esos culos que no llegan ni al bidet, muy deseosa de amor de un hombre con dinero.

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EL NOGAL

Cortamos por el patio de la quinta que estaba en la parte de atrás del basurero. Esa era la única vista de la casa. El terreno nunca fue dividido, el fondo se juntaba con la inmensidad de la basura y más allá, las sierras. Seguimos el sendero hasta lo del “dos”, el único vecino en muchos kilómetros. Tenía el cultivo de plantas de marihuana más prolijo que he conocido, escondido al costado del basurero, ni el “google maps” lo podía encontrar.

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SENDEROS

La bajada es sin duda más simple, con cuidado por la arenilla que hace que cualquier patinazo termine en caída libre en un peñasco, los cactus secos le clavan los tobillos, podría haber traído las botas media caña que protegen hasta debajo de la rodilla. Los bastones de caminar son muy parecidos a los esquíes. Son un hallazgo, le permiten fluir entre las piedras y los árboles que generan encrucijadas donde uno pierde la dirección.  La caminata se pasa entretenida por las derivaciones de los senderos bien marcados, aunque no tan transitados.

La claridad es misterio de algunos minutos. Cuando se da cuenta que está sola en la montaña, que  no hay nadie porque los guías descienden a las seis y media como último horario. El hambre llega, pero lo opaca el miedo y confunde las bases de la razón. Las sombras dejan de ser simpáticas formas de la naturaleza, ahora son viejos jorobados, delincuentes armados, presidiarios en fuga, con deseo de sexo.

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EL OSO Y LA LIEBRE

El oso termina su jornal, tiene el pecho hinchado, respira acelerado, mira para todos lados. Gira la cabeza como una lechuza, las manos le sudan,  recostado en el suelo en esa parte donde el pasto es más corto. El arroyo es cauteloso, el agua cae como en propaganda barata de meditación Zen. El silencio se corta con los gritos de los pájaros.

Se saca las botas de la fábrica de cemento, se frota  las manos agrietadas contra el pasto húmedo, remanga el jean y se rasca con fuerza las piernas. Esta molesto. Cada ruido lejano lo siente en su espalda, gira como un trompo y no encuentra nada. Con la palma de la mano limpia las gotas que le bajan por la frente. El oso rueda sobre su cuerpo y ahí la ve. Una liebre blanca, preciosa, de un pelaje delicado, tan pura y perfecta, Se le acerca con timidez y precaución, no desea asustarla.

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