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A LOS BRAZOS DE MORFEO

Dormía una pila de horas, solo por el deseo no conquistado de soñar. Tenía plena confianza de que en algún momento con cierta mezcla de recuerdos y algo de imaginación pudiera transportarse a los lugares que anhelaba en su inconsciente, sabio y puntual. Tomaba un litro de leche tibia. No cargaba el estómago con carne ni pastas, tampoco harinas que transformaran en pesadilla, el pasaje por lo brazos de Morfeo.

Los viernes a la tarde comenzaba a sonreír como alguien que recuerda un chiste en silencio. La ilusión por los fines de semana largo que un feriado extendería, aumentaría la posibilidad de sueños Empezaba con los preparativos pertinentes a encarar la noche, ansioso y feliz como quien espera ver en tetas a una novia nueva.

Tuvo etapas de grandes sequías de sueños, grandes paredones, desiertos interminables. También estaban los grandes fracasos. Los amagues de romance, de épicas luchas que se desmoronaban antes del enfrentamiento. Coches importados a punto de arrancar, premios millonarios a punto de ser cobrados.

Una desconexión provocada por el ruido de una frenada de auto, el grito de un gato acosado, la vecina del piso de arriba llevando la mesita TV de tubo hasta la pieza con el viejo, lograban hacerlo colapsar y la distracción traía al hombre a la cruel realidad, a entrar en las menudencias de la vida cotidiana. Vestirse, comer, trabajar por remuneración, existir de este lado de la vida, sin magia.

En el trabajo era solo un espectro. Trabajaba en un sótano para un falsificador de textos de la facultad de derecho. Su tarea era intercalar las hojas en una gran mesa, una sobre otra durante nueve horas, sin más que unos mates a la mañana y un sándwich al mediodía. Intoxicado por los solventes de las duplicadoras y el escaso oxígeno y todo por un sueldo miserable que solo le alcanzaba para sobrevivir.

Aplicaba algunas prácticas de respiración que le ayudaban a relajarse. Cruzaba los brazos a la altura del pecho, mentalmente desconectaba cada parte de su cuerpo y se dejaba llevar.

La noche de martes no tenía gran expectativa. Terminó con la escueta cena y se retiró a su cuarto cansado de caminar alrededor de la mesa y con una gran frustración después de un fin de semana sin sueños. Las sábanas lo acariciaban, estaban limpias y con rico perfume a suavizante. Se preparó siguiendo prolijamente cada técnica incorporada y se fue perdiendo en su inconciencia pero algo lo interrumpió. Comenzó a sentir un cosquilleo en la pierna y el rose de algo que no sabía definir, suave y tenso. Se paralizó, comenzó a sudar. Siguió el recorrido que le pareció eterno hasta que salió una gran cabeza de serpiente por el cuello de la remera. Lo enfrentó con una mirada de terror y desesperación. Una mutación la transformó en una mujer. Los gestos duros pasaron a ser suaves sonrisas, contagiosas y un profundo deseo. Las caricias, no tardaron en llegar ni los besos. Cerró los ojos para disfrutar más, al abrirlos se encontró con una calavera con los dientes desparramados. El corazón se le detuvo. Un infarto dijeron las vecinas viendo el hombre en el funeral, afirmaban que murió durmiendo, seguramente feliz.

El timbre insistente de los testigos de Jehová lo trajeron de vuelta, para ir en busca de un sueño más.

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LA HOJA DE AFEITAR

Aleja la hoja de afeitar del rostro, Marcos conserva la antigua máquina gillette que le regaló el padre, busca en el espejo secuelas de cortes, por las ventilas se filtra un hilo de luz y la brisa, que comienza a ser fresca, lo acaricia y despabila y se pierde por la puerta entreabierta del baño. Es enero, la humedad ocupa toda la casa, lleva horas retocándose, Matilde espera y repasa los pisos, limpiando sobre lo limpio, redundando en lo impecable, buscando la perfección divina, de escucha por detrás de la puerta, ahora cerrada.

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SOLO

Un chillido me despierta. Una habitación sin ventanas, tal vez  es un galpón, entra apenas un hilo de luz que no puedo distinguir de donde viene, estoy tirado en el suelo de cemento.

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EL RELATO

El hombre tenía mucho que contar, estaba serio, concentrado en la pantalla, los dedos delicados no se despegaban del teclado, se le notaban las costillas y la espalda dibujaba una pequeña joroba.

Me senté en un sillón a su lado, saqué un bagullo de hierba, armé un porro generoso y lo encendí. Me miró y dijo

-Eso te pone boludo, pendejo.

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DESTINO

Convencido de que su muerte ya debía de haber sucedido tiempo atrás, y que el regalo de la vida no solo no le interesaba, sino que no lo veía como tal. Comenzó una búsqueda un tanto trillada dentro de los caminos espirituales y senderos mundanos. Desde Budismo zen, Sexo tántrico, fue Testigo de Jehová, leyó completo el libro del Mormón y hasta él Corán. El Reiki le pareció sencillo e interesante, el yoga le dio un tiempo de calma. Vivió tres meses borracho, y no se animó a cambiar su sexo.

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LA VENGANZA

La rueda de piedra gira en su eje, paso la cuchilla. Tomo al azar cada herramienta. El metal se desgasta y sangra una mezcla negra. No importa el tamaño ni lo grueso del acero, afilar no es ninguna ciencia, pero ritual, ritual si. Hay que humedecer con unas gotas de agua la hoja, algunos la escupen, yo prefiero la nieve de debajo de la ventana así también enfrío el metal. La punta del cuchillo se vuelve puñal criminal, con personalidad y firmeza. Las pinzas y los ganchos son agujas que penetran, sostienen, tensan sin desgarrar la carne fresca.

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REY DE ESPADAS

reydeespadas copia

El paño verde, en fuerte contraste con mis uñas negras. Vuelvo a mezclar y no estoy seguro. Repito la acción, saco la primera carta del lomo del mazo, es un cinco de copas, carta simple, no dice demasiado, no es fuerte, ni siquiera tiene identidad. Con el dedo índice de la mano izquierda deslizo otra carta, la llevo patinando y con cautela, la doy vuelta. ¡Rey de espadas! Esto genera seguridad aunque por sí sola no alcanza.

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El 621

Tercer día  de 42° en la capital, el cemento parece derretirse y la brea se pega a los zapatos.  Lucas y Bebo viajan al oeste con la ansiedad que les permite el calor.  A Laferrere, en el 621.

El chófer lleva seis horas de recorrido. No logra mantener la espalda contra el asiento, la transpiración y el polvillo se han vuelto una arcilla en la piel. El exceso de peso lo incomoda, lo encierra en su propio cuerpo.

Bebo se pasa la mano por la frente y después por la cara, dejando marcas como las de un indio antes de combate. Lucas mira por la ventana.

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TUNEL

Los golpes venían del lavadero, directo del lavarropas. Era un ruido como quien golpea la puerta de una casa. Me acerqué y  miré la ventana de vidrio que no tendría más de treinta centímetros.  El sonido venia de adentro!. Quité unos calzoncillos sucios y el pantalón pijama, eché un vistazo y descubrí que una luz brillaba en el fondo del túnel de metal. “Será un reflejo”- pensé; pero la tarde se había hecho noche y no estaban prendidas las luces de afuera. El túnel parecía engañarme, cuanto más metía mi cabeza, más grande se hacia la luz y para cuando me di cuenta tenía medio cuerpo adentro . El golpe, del que ya me estaba acostumbrando a escuchar, adquirió mayor intensidad y un extraño eco. Metí mi pierna izquierda y resulto que cabía parado. Noté que los agujeros por donde filtraba el agua eran profundo hoyos en los que podía caer.

Con precaución y curiosidad me fui acercando a la luz. Esquivé el ultimo de los pozos. La claridad era mayor, el suelo que antes era de metal pasó a ser de tierra. Encontré un sendero y lo seguí. Una espesa vegetación que desconocía me rodeaba. El moho se fusionaba con enredaderas de hojas verdes grandes a la vez que se veían pequeños arbustos. Al final se descubría un cielo perfectamente azul. El paisaje era maravilloso. El golpe me sorprendió, pero no tanto. Antes quedé impactado por el hombrecito que los propiciaba con su hacha.

No me presto atención aunque ya me había visto. Giro su cabecita y dijo con seriedad – ¡Mira que son curiosos los de allá, creen que todo golpe o ruido es para ustedes!

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