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EL BANCO

Tres ventanillas cobran, y eventualmente, según como se presente el día, se podrían habilitar dos mas para plazos fijos y otras operaciones. Miguel es policía, mantiene la seguridad en la bajada y subida de caudales al camión, camina, es el acosador de los que no apagan o silencian el celular. Cruza los brazos sobre el pecho y los sostiene apoyados en la panza. Hace asesoramiento de las pequeñas cuestiones direccionales.

Mirta es la que atiende la caja uno, perfuma el box con profundo olor a quitaesmalte, vende lápiz de labios, boca roja, toma mate sola, porque mancha la bombilla con rush, está deseosa, tiene de esos culos que no llegan ni al bidet, muy deseosa de amor de un hombre con dinero.

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EL NOGAL

Cortamos por el patio de la quinta que estaba en la parte de atrás del basurero. Esa era la única vista de la casa. El terreno nunca fue dividido, el fondo se juntaba con la inmensidad de la basura y más allá, las sierras. Seguimos el sendero hasta lo del “dos”, el único vecino en muchos kilómetros. Tenía el cultivo de plantas de marihuana más prolijo que he conocido, escondido al costado del basurero, ni el “google maps” lo podía encontrar.

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SENDEROS

La bajada es sin duda más simple, con cuidado por la arenilla que hace que cualquier patinazo termine en caída libre en un peñasco, los cactus secos le clavan los tobillos, podría haber traído las botas media caña que protegen hasta debajo de la rodilla. Los bastones de caminar son muy parecidos a los esquíes. Son un hallazgo, le permiten fluir entre las piedras y los árboles que generan encrucijadas donde uno pierde la dirección.  La caminata se pasa entretenida por las derivaciones de los senderos bien marcados, aunque no tan transitados.

La claridad es misterio de algunos minutos. Cuando se da cuenta que está sola en la montaña, que  no hay nadie porque los guías descienden a las seis y media como último horario. El hambre llega, pero lo opaca el miedo y confunde las bases de la razón. Las sombras dejan de ser simpáticas formas de la naturaleza, ahora son viejos jorobados, delincuentes armados, presidiarios en fuga, con deseo de sexo.

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EL OSO Y LA LIEBRE

El oso termina su jornal, tiene el pecho hinchado, respira acelerado, mira para todos lados. Gira la cabeza como una lechuza, las manos le sudan,  recostado en el suelo en esa parte donde el pasto es más corto. El arroyo es cauteloso, el agua cae como en propaganda barata de meditación Zen. El silencio se corta con los gritos de los pájaros.

Se saca las botas de la fábrica de cemento, se frota  las manos agrietadas contra el pasto húmedo, remanga el jean y se rasca con fuerza las piernas. Esta molesto. Cada ruido lejano lo siente en su espalda, gira como un trompo y no encuentra nada. Con la palma de la mano limpia las gotas que le bajan por la frente. El oso rueda sobre su cuerpo y ahí la ve. Una liebre blanca, preciosa, de un pelaje delicado, tan pura y perfecta, Se le acerca con timidez y precaución, no desea asustarla.

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EL AGUA QUEMA

Difícil mantener el equilibrio sobre montañas de botellas de agua mineral amontonadas en el piso generando una inestable plataforma que parecía divertida. Siempre fui de otro palo, pero la música llegaba hasta mi patio y me entorpecía el sueño del viernes. El sábado dos compañeros de la facu de diseño me dijeron que un amigo compro para las dos noches, pero que para la del sábado no le daba el cuerpo y me la regalaba. -Fiesta de boludos- pensaba para mí-. El ambiente era diverso, pero de guita, la mayoría venía de facultades privadas, algunos caretas de la tele y de esos que están donde sea. Me acuerdo que tocaba “Skay” en un pub del oeste.

-El agua tiene fuego- decía un loquito y se reía, y lloraba. No le tenía el palo a las pastas, pero me di cuenta que estaban todos puestos y eso no era faso paraguayo, ni papa cortada.

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UN PANDA APUÑALADO

Éramos cuatro o cinco parroquianos que en las tardes de otoño buscaban bajar la angustia. En el local, los vidrios se empañaban en el centro del ventanal mientras por los marcos alcanzaba a filtrarse un chiflete helado.

Natto se sentaba en la mesa pegada a la ventana junto a la puerta, trataba de dar vuelta un papel de chicle con la punta de unas zapatillas negras de suela tan gastada al punto de sentir las uniones de las baldosas del piso. Las tenía desde los catorce -me traen suerte decía- como si no lo conociéramos.

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DOS VIEJAS AMIGAS

Miguel escucha la puerta y se asoma muy sigiloso por la ventana cubriéndose con la cortina, ¡Es la asistente social mamá, agarra la pelota ya! Dale que le abro, no la hagamos esperar.

-Hola Licenciada.

En la mesa de la cocina hay dos viejas haciendo ejercicios con los brazos, cada una con una pelota, una está enferma.

Dos cuidadoras aparecen del fondo, cambiaban de turno y la que se va, pasa el parte del día.

-¡Mira quien vino mama! le dice Miguel a una de las viejas, con emoción fingida. Inmediatamente se mira una a la otra sin dar señales de recibo de lo dicho por el joven. -Es la señora de la obra social, te vino a ver, dice poniendo una euforia desmedida. La vieja mira nuevamente a la otra mientras levanta una pelota de goma con la mano estirando el brazo lo más alto posible, se la pasa a la otra mano y la baja nuevamente como haciendo un cuadrado imaginario en el aire. La otra vieja replica como un espejo y asiente en cada movimiento, como dando la aprobación de un experto.

Nuevamente timbre, es el kinesiólogo, entra con aires familiares.

-Mirá mamá ¿quién es? -le dice el hijo. -No le digan, no le digan – dice el kinesiólogo con cara de pelotudo y hablando como le hablan a los bebes los padres primerizos -Ma…, ma… Marce… Marcel…, Marcelo, dice la vieja con cara de nada para que el pelotudo la termine de acosar.

El hijo prepara mate. -¿Quieren? ¿Toma Licenciada? –Y… si está haciendo, tomo-. Con vos fría y cortante comentó ella. -Hay que llenar unos formularios por el tema de las cuidadoras y el kinesiólogo, para que el subsidio continúe. Las miradas se cruzaron en todas direcciones, sin que nadie hiciera un comentario. Las viejas, sin hacer un impasse levantan la pelotita de goma lo más alto posible con la mano derecha y la pasaban a la izquierda y abajo.

La gata negra sin descuidar el recorrido de la pelotita, con muchas ganas de poseerla, parece sonreír. Salta de silla en silla y se apura con un claro caminar sensual hasta la puerta, gira el cuello para un último paneo y se va.

Las paredes guardaban la humedad de años, la pava tenía la manija de madera atada con alambre, la salamandra lograba un ambiente cálido, con un dejo de olor a humo.

En la cocina la cuidadora comenzó a hervir unas verduras y un pedazo de osobuco. La mañana se pasó completando planillas de la obra social, con la firma de los responsables.

La Licenciada se levantó y con una mirada panorámica y detallista, se acercó a la puerta, miró a una de las viejas y dijo -Bueno Marta, te veo bien, seguí mejorando, paso en unos meses. Una de las viejas levanto la mirada y le dijo -Gracias Adela, saludos a tu hijo Manuel y que sigas bien. Se sonrieron y cruzó puerta.

ELEGANCIA FELINA

La habitación estaba en una de las esquinas de la parte superior del edificio, la mayoría de las paredes estaban vidriadas. Durante el día se bajaban unas cortinas de black out que atenuaban los brillos, hasta oscurecer el lugar. Al llegar la tarde el sol se tornaba de color naranja, levantaban las cortinas y la vista no tenía fin. Se podía ver casi toda la ciudad. Las casas con techos coloniales, algunos barrios que se distinguían por mantener los estilos en una construcción vieja de colores opacos.

A esa hora, cada día y no puedo precisar durante cuanto tiempo, llegaba la fiebre.

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