Capitulo Cero “Hakuho XXI”

Hakuho entró a la habitación dejando sus sandalias afuera, como siempre, con respeto a sus tradiciones. Tomó una caja de madera que tenía debajo de la cama. Sin apuro. A media tarde de invierno, ya entraba la noche.  Hokuho se arrodillo y sentado sobre los talones se acomodó el pelo recogido, tirante, negro azabache y engominado. Un luchador no llora. ¿Y un tanguero? Cerró los ojos apretando lágrimas, abrió la antigua caja labrada con forma de unas garras de oso, tomó la daga, buscó el punto de impacto, y hundió el metal profundo certero, para exhalar por última vez y cortó la carne hacia la derecha, como se hacía antiguamente. La sangre derramada parece dibujar el rostro de Anita perdida en el tiempo. Pero esta historia, aun no pasó.

Safari

Desde el fondo mira el león, el dueño, todo le pertenece, hasta la traición de los hermanos. Recorre el paisaje salvaje, se aleja de su manada. Observa, es curioso, ansioso por dentro, por fuera, estoico. El pecho inflado, firme y el olfato predador atento, maldito. Abre las manos y cierra las garras.

Sentados sobre sus bolas los monos se sacan las pulgas, se comen los mocos y se rascan contra las ramas y muñones de los árboles. Atentos al sol que se atraviesa en el horizonte, cae cansado, desatento al mundo del safari. Con las patas en el barro, el hipopótamo resopla atado a la familia, ligado a su sangre, no mezquina ni pedos ni eructos. Tapado hasta la nariz el cocodrilo se interesa, seguro toma imágenes, espía, escucha. Las serpientes en las cuevas después de un día viciado de pecado y sin decir una palabra. La humedad y el frío, tantos miles en soledad.

Inútiles elefantes, patovicas del tiempo, siempre con las manos en el bolsillo, se rascan y miran sus culos gordos. Los felinos más duros, los rápidos se lamen profundo, se tocan el naso se limpien con las mangas.

La cebra con la manada, cruza las piernas y se sacude, espanta las moscas, distraída y atenta porque sabe donde habita. Conoce la mayoría de las miradas, las risas de cannabis de las hienas, lo macacos en las sombras delictivas, y el alboroto de los patos que con cualquier excusa se rajan por entre las plantas.

Ella se separa de la manada, a él se le paran los pelos del lomo. El tiempo se detiene para los otros, se congelan, ellos son indiferentes, extraños, se niegan. Pero huelen, respiran con fuerza, el ruge y se esconde. La soledad, le espesura de la noche, las miserias.

Ella sale con soltura y ligereza al callejón,  atraviesa la plaza hasta los patios de los monoblocks. El enciende un cigarrillo, la sigue con la vista, luego va detrás.

Ella mira, él ve. Sale a la carrera y la toma de la cabeza, sujeta la melena, ella le clava las uñas. Golpea la nuca contra los ladrillos de la pared, las bocas se juntan, se presionan, ella grita y sonríe, él se detiene un instante. Caen al suelo y ruedan. Ella lo rodea con sus brazos y lo sujeta con las piernas, suspira profundo y no lo suelta nunca más.

EL TANO

El Tano me tenia podrido de mentiras, mal aliento y olor a patas. Llevábamos veinticinco días en el piano bar de Miguel. Un desfile de peluquines y viejas sacadas de una foto de la Rai del año 75.

Cada noche “o capito que ti amo”, las canzonetas me tenían podrido. Y entre los whiskys que tomaba el tano, el hotel y la comida, estábamos endeudados. Con lo que quedaba de temporada turística no zafábamos. Nos teníamos que quedar el invierno, que es la muerte, los nervios me apremiaban tenia que encontrarle una solución milagrosa que no nos llevara a tener que a trabajar, el Tano no cantaba mal, pero la rutina romántica italiana perdía fuerza con la repetición y el publico no se renovaba, tengamos en cuenta que los gringos no se destacan por gastar.

Decidí salir a caminar por la costa para buscar caracoles y reflexionar, caminé sin tiempo hasta que me atrapó el crepúsculo. Estaba cerca de las playas del casino y por un momento pensé que esa podía ser una solución.

Me acerqué, estaba a punto de entrar y gastar la ultima reserva de dinero, el Tano dormía como siempre en el hotel o se levantaba después de una  conquista nocturna, de alguna de las niñas del geriátrico cercano al piano bar.

Fue una visión, el pie de Dios me hizo tropezar, resbalar y caer por las escaleras del casino hasta un cartel publicitario que decía “Buscamos a Elvis, si cantás y tenes un parecido, te esperamos y el premio es de mil pesos y un viaje a las vegas”. Mi mente que gozaba de poca lucidez se encendió, salí corriendo al hotel y le dije al tano, cambia ese casco por uno con jopo como el de Elvis.

Fue complejo y divertido transformar a un italiano de sesentaylargos a un Elvis, lo mas joven posible, el Tano estaba un poco deprimido me dijo “loco soy un artista”. Me quede mirándolo, no lo podía creer le cambió su peluca castaño claro por un quincho negro azabache impecable, a la hora de mover la pelvis se complico mucho, tuve que salir a reírme al pasillo varias veces, fue muy duro para él, pero habíamos logrado un Elvis con acento italiano, único.

Nos tomamos un taxi antes de arrepentirnos y como de rayo estábamos en el casino participando, el Tano temblaba. En un momento, sobre ese taxi, me dio lastima, pero la plata tira che.

Cuando le toco al él y empezó a cantar con esa vos ronca y áspera, fue como si hubiera nacido para eso, pero en el viejo continente. El premio terminó por  unanimidad en nuestras manos, no solo zafamos de las deudas sino que desde hace unos años vivimos en las Vegas, el Tano perfeccionó tanto a Elvis que tiene contratos en listas de espera. Yo recorro las playas con la mente liviana y espero el crepúsculo, en el lugar que me descubra.

EL JUEGO

El paño verde desgastado de roces, la luz perfectamente centrada, suficiente humo de tabaco de pipa y cigarrillos, cuatro en la mesa redonda, ocho ojos como bisturíes, tipos observadores, desafiantes, con gargantas de whisky y hielo, con noches y amaneceres de neón, con códigos, pactos y deudas. Voces siempre susurrantes. Cuatro caras conocidas, caras de muecas de goma y plastilina. Con bigote, con barba descuidada, con ojeras de generaciones sin dormir.

Sillas gastadas de visitas eternas, cada  una con su dueño, cada dueño con sus cábalas y martingalas, desafiando espacio y tiempo.  La vida en juego corto de cuatro y sin tope.

La picada que Marta preparó se aburre en una mesa con ruedas en un costado.

Amadeo se acelera y desafía al resto elevando la apuesta a más del doble. José Luis acepta  y agrega dos fichas de veinte, la suma es elevada, Miguel se va al mazo y el desconocido acepta y pide magnificar la apuesta. Amadeo lo quiere seguir pero se le va de presupuesto, pide a la banca y sigue en la partida. Parece un cowboy con gorro y botas tejanas,  una barba de días muestra el poco filo de su navaja de afeitar, observa en silencio mientras la partida se pone lenta y barrosa, los participantes desconfían y agudizan los sentidos en busca de un descuido, un gesto, un indicio de debilidad o miedo.

Marta aparece como un fantasma. No es percibida por ninguno, toma la bandeja y desaparece en la oscuridad de un pasillo, se escucha un portazo.

José Luis aprieta las cartas y las ojea una vez más, saca un encendedor de oro, lo roza contra los jeans, en la primera descubre la tapa y a la siguiente pasada lo prende con un chispazo, acerca el cigarro negro, da dos pitadas profundas y larga sin prisa el humo negro y denso.

El desconocido marca el paño con la uña del dedo pequeño que es extremadamente larga, sabe que en otros tiempos eso lo delataría. Tiene uñas como garras y unas manos peludas. Luego se recuesta contra el respaldo de la silla llevándose las cartas consigo, sonríe y sube la apuesta. José Luis no retrocede, lo exige y duplica, tiene ruta de paño, no es de escapar a las primeras persecuciones, tiene resto.

Amadeo retuerce las cartas, se rasca la oreja. Se miran como si alguien hubiera largado un pedo y quisieran descubrirlo. No era de exagerar, tomó las fichas suficientes para igualar y esperó.

El desconocido detrás de una cortina de humo se desfigura y su rostro parece mutar, las orejas estiradas en punta sobre la cabeza como si hubieran tirado de ellas para hacerlo nacer, la boca se ladea de un costado, resabios tal vez de una parálisis. La lámpara señala el paño y olvida los rostros en plena oscuridad y bajo la tensión del juego no todos se percatan y a otros no les parece importar, lo único es la partida. En la habitación solo existe lo iluminado, más allá, la imaginación. El círculo ya no es tan amplio, las horas se amontonan entre las arrugas de la piel, entre las manos hinchadas, en los ojos entrecerrados y en las contracturas de los cuellos. Se hace tarde y el tiempo es importante.

Una bandeja flotante pasea té, la boca seca necesita un lubricante que desempate y despegue la lengua del paladar. Se sirven y  lo dejan humear.

Las manos de Marta recogen la vajilla de los tres. Minutos  después, Amadeo se refriega los ojos, endereza la espalda que parece rechinar como una bisagra seca de portón antiguo y se relaja unos.

Marta comienza la limpieza del cuarto, ordena las fichas, estira el paño, respira hondo y ayuda a Amadeo con los cadáveres.

A LOS BRAZOS DE MORFEO

Dormía una pila de horas, solo por el deseo no conquistado de soñar. Tenía plena confianza de que en algún momento con cierta mezcla de recuerdos y algo de imaginación pudiera transportarse a los lugares que anhelaba en su inconsciente, sabio y puntual. Tomaba un litro de leche tibia. No cargaba el estómago con carne ni pastas, tampoco harinas que transformaran en pesadilla, el pasaje por lo brazos de Morfeo.

Los viernes a la tarde comenzaba a sonreír como alguien que recuerda un chiste en silencio. La ilusión por los fines de semana largo que un feriado extendería, aumentaría la posibilidad de sueños Empezaba con los preparativos pertinentes a encarar la noche, ansioso y feliz como quien espera ver en tetas a una novia nueva.

Tuvo etapas de grandes sequías de sueños, grandes paredones, desiertos interminables. También estaban los grandes fracasos. Los amagues de romance, de épicas luchas que se desmoronaban antes del enfrentamiento. Coches importados a punto de arrancar, premios millonarios a punto de ser cobrados.

Una desconexión provocada por el ruido de una frenada de auto, el grito de un gato acosado, la vecina del piso de arriba llevando la mesita TV de tubo hasta la pieza con el viejo, lograban hacerlo colapsar y la distracción traía al hombre a la cruel realidad, a entrar en las menudencias de la vida cotidiana. Vestirse, comer, trabajar por remuneración, existir de este lado de la vida, sin magia.

En el trabajo era solo un espectro. Trabajaba en un sótano para un falsificador de textos de la facultad de derecho. Su tarea era intercalar las hojas en una gran mesa, una sobre otra durante nueve horas, sin más que unos mates a la mañana y un sándwich al mediodía. Intoxicado por los solventes de las duplicadoras y el escaso oxígeno y todo por un sueldo miserable que solo le alcanzaba para sobrevivir.

Aplicaba algunas prácticas de respiración que le ayudaban a relajarse. Cruzaba los brazos a la altura del pecho, mentalmente desconectaba cada parte de su cuerpo y se dejaba llevar.

La noche de martes no tenía gran expectativa. Terminó con la escueta cena y se retiró a su cuarto cansado de caminar alrededor de la mesa y con una gran frustración después de un fin de semana sin sueños. Las sábanas lo acariciaban, estaban limpias y con rico perfume a suavizante. Se preparó siguiendo prolijamente cada técnica incorporada y se fue perdiendo en su inconciencia pero algo lo interrumpió. Comenzó a sentir un cosquilleo en la pierna y el rose de algo que no sabía definir, suave y tenso. Se paralizó, comenzó a sudar. Siguió el recorrido que le pareció eterno hasta que salió una gran cabeza de serpiente por el cuello de la remera. Lo enfrentó con una mirada de terror y desesperación. Una mutación la transformó en una mujer. Los gestos duros pasaron a ser suaves sonrisas, contagiosas y un profundo deseo. Las caricias, no tardaron en llegar ni los besos. Cerró los ojos para disfrutar más, al abrirlos se encontró con una calavera con los dientes desparramados. El corazón se le detuvo. Un infarto dijeron las vecinas viendo el hombre en el funeral, afirmaban que murió durmiendo, seguramente feliz.

El timbre insistente de los testigos de Jehová lo trajeron de vuelta, para ir en busca de un sueño más.

LA HOJA DE AFEITAR

Aleja la hoja de afeitar del rostro, Marcos conserva la antigua máquina gillette que le regaló el padre, busca en el espejo secuelas de cortes, por las ventilas se filtra un hilo de luz y la brisa, que comienza a ser fresca, lo acaricia y despabila y se pierde por la puerta entreabierta del baño. Es enero, la humedad ocupa toda la casa, lleva horas retocándose, Matilde espera y repasa los pisos, limpiando sobre lo limpio, redundando en lo impecable, buscando la perfección divina, de escucha por detrás de la puerta, ahora cerrada.

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SOLO

Un chillido me despierta. Una habitación sin ventanas, tal vez  es un galpón, entra apenas un hilo de luz que no puedo distinguir de donde viene, estoy tirado en el suelo de cemento.

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EL RELATO

El hombre tenía mucho que contar, estaba serio, concentrado en la pantalla, los dedos delicados no se despegaban del teclado, se le notaban las costillas y la espalda dibujaba una pequeña joroba.

Me senté en un sillón a su lado, saqué un bagullo de hierba, armé un porro generoso y lo encendí. Me miró y dijo

-Eso te pone boludo, pendejo.

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DESTINO

Convencido de que su muerte ya debía de haber sucedido tiempo atrás, y que el regalo de la vida no solo no le interesaba, sino que no lo veía como tal. Comenzó una búsqueda un tanto trillada dentro de los caminos espirituales y senderos mundanos. Desde Budismo zen, Sexo tántrico, fue Testigo de Jehová, leyó completo el libro del Mormón y hasta él Corán. El Reiki le pareció sencillo e interesante, el yoga le dio un tiempo de calma. Vivió tres meses borracho, y no se animó a cambiar su sexo.

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LA VENGANZA

La rueda de piedra gira en su eje, paso la cuchilla. Tomo al azar cada herramienta. El metal se desgasta y sangra una mezcla negra. No importa el tamaño ni lo grueso del acero, afilar no es ninguna ciencia, pero ritual, ritual si. Hay que humedecer con unas gotas de agua la hoja, algunos la escupen, yo prefiero la nieve de debajo de la ventana así también enfrío el metal. La punta del cuchillo se vuelve puñal criminal, con personalidad y firmeza. Las pinzas y los ganchos son agujas que penetran, sostienen, tensan sin desgarrar la carne fresca.

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