La Pensión, CAPITULO 4 “HAKUHO”

Mis padres, mis tíos, habían sido luchadores de sumo, también sus padres y sus abuelos, menos uno.

Mi padre tenía un restaurante donde se cocinaba el plato tradicional de los luchadores, el Chanko Nabe un plato saturado de grasas y proteínas. Era uno de los que mejores cocineros de este guiso. El plato tenía una base de pollo, rabo, papas, cerdo y verduras, todo en una hoya y muchas sobre el fuego.

Los luchadores eran tipos muy admirados, tenían un alto estatus en la sociedad, significaban mucho para los japoneses. El luchador comía abundante, dormía largas siestas buscando no quemar grasas para mantener peso. El entrenamiento comenzaba en la juventud, algunos desde la niñez.  La familia los educaba con los valores que debía tener un luchador y se  los llevaba a las escuelas tradicionales de esta disciplina honorable.

Yo crecí de esa manera, con estos hombres y esa educación, no dudaba que ese era mi lugar, cumplir con la tradición y ayudar con el restaurante, que un día seria mío como legado. Tenía el ejemplo de un tío que había deshonrado a la familia y partió, dejó la familia para vivir en un pueblo que se juntaba las más bajas costumbres y lo peor de las personas. Se lo había llevado una mujer blanca, de un país gris caído del mapa. Lo había seducido hasta enamorarlo, dicen que a costa de hechizos y una extraña danza pagana.

Eran las vísperas de mi cumpleaños número diecisiete,  la casa estaba alborotada se escuchaban voces en voz alta, hombres discutiendo en la sala y  a las mujeres susurrar entre ellas en la cocina. Había regresado mi tío y me quería saludar por mi cumpleaños. Mi padre estaba indignado, ellos no se hablaban desde que eran jóvenes y no se veían. No se sabía nada de él y de repente estaba de vuelta. En medio del alboroto mi padre entro en la habitación con mi tío y le ordeno -“lo saludas y te vas-”.

-Sobrino volví, dijo aquel hombre, que para mí, era un desconocido,-Anduve ocupado por el mundo, vengo a mostrarte algo que cambió mi vida, dijo, sabiendo que mi padre lo echaría pronto. -Quiero que conozcas lo que he descubierto y eso te hará ver la vida con otros ojos-. Diciendo esto se fue apurado y sin saludar.

Eso había sido todo, me quedé mirando la pared buscando que pensar. Tres días después  llega un  sobre a la casa con mi nombre.  Era una invitación para la inauguración de a un salón de baile y escuela de Tango, palabra que desconocía por completo y quedó rebotando en mi cerebro.

En la puerta había un cartel que decía “Primer escuela de Tango del Japón”. El lugar era exageradamente grande, había algunas mesas con sillas cerca de una barra de una cantina. Había llegado temprano, la sonrisa de mi tío me invitaba a acercarme. Estaba en un rincón con un disco en la mano,- ¡Escucha che!, me dice. -Este es el más grande,- En la tapa decía algo que no podía leer,-! es de  Carlos Gardel- dijo el tío emocionado. Lo puso en el tocadiscos que estaba conectado al amplificado y salía por dos enormes parlantes.  Cerró los ojos, suspiró y la gente que era unos pocos amigos, comenzaron a tomarse de la mano y medios abrazados bailaban de una manera que me llenó de curiosidad. Se tomaban casi de manera indecorosa, sensual pero a la vez exótica. Me interesaba, me atraía la profundidad de las miradas, los rostros pegados, la fusión de los cuerpos, la mujer enredada en las piernas del hombre, esa curiosidad me había conmovido. Sin duda esta sensación no venia del cielo.

Cuando mi padre se enteró me ordenó prometer no regresar nunca.  Por otra parte mi tío viendo lo que provocaba el tango en mi corazón, me dijo, -Tenés que conocer Buenos Aires, existe magia en ese lugar. Me dijo y yo lo mire serio y le pregunté,  ¿seguro que no es parte del infierno?, él sonrió. Comencé a pasar por el salón, me quedaba de paso por donde entrenaba.  Mi tía no hablaba japonés, así que yo le enseñaba mi idioma y ella el castellano y a bailar. Comencé con algunos pasos tímidos, y con el tiempo, el idioma fluía como mis pies. Ya casi no iba a lucha, solamente quería bailar, el tío estaba asombrado por el progreso que había tenido, sin embargo no podía darse cuenta que esto traería.

Fueron tiempos fundamentales, la felicidad se me notaba, hasta tenia que ponerme serio al regresar a casa para que mi padre no desconfiara de mi alegría. El tango había entrado en mi vida de una forma que no me esperaba, era solo un joven, la sangre en mi corazón se había impregnado con los olores de tabaco, mujeres, del vino tinto chorreado en la barra. Disfrutaba del silencio del salón de baile vacío, esperando la noche para brillar, dándome la oportunidad de acercarme a alguna de las bailarinas de mi edad y charlar de buenos aires y los bares, las milongas, el tango y tantas otras cosas que desconocía, pero que me animaba a saborear. Emocionado como quien habla del mar, por fotos o de un viaje por el mundo solo por lo que vio en revistas y cosas que cuenta la gente. Mi adolescencia estaba comprometida con algo que me costaba explicar con palabras, ya no era un joven destinado a vivía para luchar sumo o cocinar en el restaurante de mi padre. Tenía sentimientos encontrados.

Mi padre apenas me hablaba, no por rencor si no que nos estábamos alejando, o mejor dicho yo me perdía en sensaciones, placeres, perfumes. Me la pasaba distraído, tarareando tangos, pensando en lo que me contaban mis tíos de ese extraño lugar, donde se encontraban las razas europeas, los criollos y salía producto del la mestura, música, pintura, clubes de futbol, todas las pasiones. Su realidad estaba amenazada por veneno que trajo su hermano, del que yo bebí sin decoro, ni continencia. Me sentía parte de algo ajeno, una contradicción que mi padre definió como una crisis de la adolescencia.

El tío comenzaba a tener problemas para mantener económicamente el salón, los que frecuentaba el lugar, eran vecinos,  amigos Y  aunque fascinados por el tango y su cultura, para ellos estaba primero Japón y el resto era de alguna manera era una traición a su creencia y patria. El tío hizo todo lo posible para mantenerse, pero claro para popularizar un estilo de baile, hay que dar clases gratis para atraer más gente, los fines de semana que era cuando se hacían los bailes muchas veces la entrada no la cobraba. Le quedaba el dinero de algunos tragos que podía cobrar  en la barra. Con el tiempo se fue cansando y lo que había ahorrado se fue terminando, esto lo llevó a la ruina sin remedio y decidieron volver a la Argentina.

El vacío que me había quedado fue completo, no podía recuperar mi vieja vida de luchador y cocinero. Y mi nueva vida, se había terminado con la partida de mis tíos. Era curioso ver a un chico de casi dos metros y más de ciento cincuenta kilos, sentado en una plaza, deprimido y secando sus lágrimas con la manga. Ahí me encontró mi padre, se me acerco, me tomó de la mano con mucha fuerza, -discutí con tu madre – me dijo. Y con sabiduría japonesa me dijo. –Y yo ya perdí a un hermano por no poder comprender, no voy e perder a mi hijo por el mismo motivo. Quizás tu vida no este acá con nosotros, nuestros corazones estarán contigo, ve a la Argentina  y vive tu sueño- me entregó un sobre con ahorros- esto te va a servir para comenzar me dijo y me abrazo como nunca lo aria un Japones.

No podía creer las palabras de mi padre, ese día comprendí lo difícil que había sido para él tomar esa decisión. Armé las valijas, me despedí de mi madre,  y después de barias paradas mi vuelo llego a buenos aires, busqué una pensión y… bueno esa es otra historia.

 

La Pensión CAPITULO 3 “Los Gonzales “

A la vuelta de la Pensión, sobre la misma manzana, estaba la rotisería de Los Gonzales. Una típica familia de inmigrantes Españoles, trabajadores incansables y unidos. La organización de la empresa contaba con la jefatura dividida entre la madre, que ocupaba el lugar de atención al público, despacho de la mercadería. También supervisaba a la cajera que era Elva su hija. La señora cumplía el fundamental nexo entre, la clientela y el hermetismo social del resto de la familia.  Padre e hijo estaban detrás de un gran ventanal, sumidos en la fabricación de todos los productos, que eran muchos. La mentalidad de la empresa consistía en precios bajos para lograr mayor volumen de ventas.  Al medio día o a la hora de la cena los de la pensión se cruzaban las caras en la rotiseria, mientras hacían el pedido. Se formaban grupos de vecinos  los hombres charlaban de fútbol, cargadas, debates de política, risas con anécdotas cotidianas y las mujeres hablaban de todo.

El padre  organizaba la cocina, la elaboración de las empanadas, una gran variedad de pastas, tortas fritas y postres. Los clásicos merengues de dulce de leche y crema. Tenía  a cargo a su hijo Manuel, un joven de diecisiete años, delgado, de pocas palabras y sencillo hasta para existir.  Él se encargaba de los fritos y casi todo se freía.

Dos heladeras mostrador y barias estanterías donde estaban las salsas enlatadas y las bebidas.

Los olores salían durante todo el día, la cuadra tenía esa característica y el tilo de la plaza de enfrente que anunciaba la primavera.  Manuel siempre tenía mucho trabajo y su mirada se esclavizaba como su vida, en el aceite hirviendo de las freidoras, masticando pedazos de maza cruda, algún trozo de merengue de recorte , un raviol de jamón y queso, o metía el dedo en el tarro de veinte kilos de dulce de leche y se lo llevaba a la boca para empalagarse de un solo viaje. Rutinario y silencioso. Solo en el momento en el que la puerta golpeaba la campanilla, él levantaba la vista como si entrara algo más que  un cliente, una especie de oportunidad, un desorden del destino, el cambio que sin saber anhelaba o simplemente, el sonido que lo sacaban de ese deambular mentar y lo traía de regreso a la dimensión de las frituras. Aunque en el fondo su intuición  algo sospechaba. Podía percibir entre los vapores profundos y densos del aceite de alta temperatura, cualquier perfume femenino, desde una anciana hasta el de una niña. Tenía la facilidad de escaparse del cuerpo y viajar con la imaginación, o con el alma. Alguna vez comento que se perdía en lugares donde viven los gatos, donde los felinos son dueños, gobiernan con magia e instinto. El padre de Manuel pensaba en el relleno de las empanadas de carne cortadas a cuchillo, si el pimentón ahumado era demasiado fuerte, si no se llevaba bien con la cebolla de verdeo y tapaba otros sabores. Si debería ponerle papas a las empanadas clásicas de carne picante y en la muerte de su padre en el barco viniendo para Argentina.  Si había sido una buena decisión. Si su padre alguna vez lo había amado. Todo se le mezclaba como los contenidos del antipasto de la receta familiar de los Gonzales.

En vacaciones de invierno se duplicaban las ventas y el trabajo era agotador. Llegando los fines de semanas y si enzima llovía. De todos lados de la ciudad, más los vecinos del barrio llegaban a hacer hasta media cuadra de cola en la vereda, a merced del frío y los aguaceros. Para esos tiempos Manuel estaba atento como nunca a la campanilla de la puerta, había limpiado el vidrio que lo separaba de la clientela. La mirada de Manuel  estaba llena de brillo y no podía controlar los ojos cuando una chica que pasaba el umbral, él cambiaba la cara, se transformaba y se le notaba, dejaba entre ver la profunda soledad y el deseo  contenido y opacado. El padre se había dado cuenta, podía observar esos cambios, pero había preferido estar más atento a cuestiones comerciales.

Hasta que un domingo, cerca de las tres de la tarde, estaba por cerrar ya se habían ido los padres y la hermana. Estaba repasando los hornos y terminando de barrer, agotado por el trajín, completamente sudado. Había estado cocinando y aun tenia artefactos radiando calor, con la llave en la mano y dirigiéndose a la puerta. Entró una joven que lo miró con dulzura y le dijo- Disculpáme la hora, sé que es tarde, pero me podrás venderme tres empanaditas de carne y una cerveza bien fría que estoy muerta de calor. Soy clienta y vengo seguido, aunque sé que vos no me ves, siempre estas ocupado. Manuel levanto muy lentamente la vista recorriéndo con la mirada como un radiólogo, buscándole  un defecto. Bueno le dijo. Se dio vuelta y sonrió mientras agarraba empanadas de la heladera y con delicadeza las arrojaba a la freidora. Ella recorre las heladeras del salón como en una muestra de cuadros o en un museo. Todo le parece atractivo, hasta los frascos de morrón en conserva. Él no la descuida un segundo en su seguimiento y abre la vitrina que los separa a la altura de la cintura. Llegué justo, estaba empezando a lloviznar, pensé que ya habías cerrado, le comenta ella, un poco acelerada. Él solo había dicho que no.

Las manos transpiradas le temblaban, respiraba acelerado, la humedad y el encierro ahogaban.

Que habrá pasado por la cabeza de ese chico, comentó años después su padre.

Manuel, como alguien que llega a una conclusión, o más bien toma una decisión o quizás seguramente alguien que agota sus límites. Sacando lentamente la mirada de las tres empanadas de carne que ya habían logrado el dorado ideal. Clava la vista en la chica, y como si le hubiera salpicado aceite hirviendo en las bolas, saltó por el hueco de la ventana, hacia el mostrador,  rodando con exactitud y elegancia felina, como ensayado. Traba la puerta y se abalanza sobre ella en fracciones de segundos, golpea contra las heladeras embistiendo como un toro, la joven ahoga un grito aplastado, en pleno salón de despacho frente a la vidriera.   Ese domingo a la hora de la siesta el barrio se despertó por un aullido, que no era de ella.  Atrapada en los brazos del joven, rodaron por el piso, ella casi desnuda con solo algunos trozos desgarrados de ropa, él, completamente en piel. Esa tarde duro hasta la noche. El lunes el viejo Gonzales encendió la luz y se paralizó por la escena. El comercio cobro fama con el paso de los años, ciertos productos solo podían ser comprados ahí. Hasta donde sé, los de la pensión siguieron comprando en la rotisería de los Gonzales, también los vecinos del barrio, quizás la única diferencia es que, en el despacho, ahora hay tres mujeres para atender y cobrar.

La Pensión CAPITULO 2 “Las Únicas”

Desde niñas crecimos viendo a las “trillizas de oro” las mimadas de un país sin identidad, sexista. Tres criaturas rubias de perfecto pelo lacio, con inmaculada belleza. Que marcaron generaciones de miserables nazis perturbados. La realidad nos escupía en un espejo cruel a Las únicas, nuestra imagen de trillizas distaba evidentemente del ideal generado por las lindas, el mundo llegó a pensar que por el solo hecho de ser trillizas seriamos hermosas, deseadas y por ende, felices. No, no fue así. Éramos feas, no aberraciones, pero feas, no como la mujer barbuda del circo.  Como un divino perro de raza pero sin extremidades, es como esperar algo lindo, como tres niñas lindas, pero feas. A mitad de la secundaria llego el apodo de “las Únicas” lo que sería algo así como las únicas trillizas feas del mundo.

Mis hermanas tomaban la vida con filosofía religiosa, diciendo. “Esto es lo que nos tocó, Dios quiso que fuéramos de esta manera, es nuestro destino, no se puede con la naturaleza”. Con respetuosa  resignación. Yo estaba indignada, me quería ir del pueblo, pero todo debía hacerse de a tres. Había esperado a terminar el secundario y juntas nos fuimos a la capital, a vivir a una pensión de un tipo adinerado. Estaba en bancarrota y alquilaba las habitaciones de su caserón.  Nos inscribimos en la facultad de Ciencias Humanas, Asistente Social. La facultad no era difícil, mucho menos dé a tres.

La fealdad tiene muchas facetas, estaba la posibilidad de entregarme a algún muchacho sin muchas exigencias, ser más bien fácil, pero habían tantas putas que la competencia era feroz. Encima eramos  chicas de pueblo, las gauchas, paisanas y no gauchitas simpáticas, nos fuimos volviendo agrias era de esperar. Así eran las solteronas, las viudas, las que no esperaban nada. Otra forma era, ayudar a los más brutos con exámenes en las materias más delicadas, donde corrían el riesgo de no poder continuar con los estudios. Solo para tener a cambio unos brazos, medianamente fuertes para un apretón, una revolcada en algún baldío u obra en construcción. Había comenzado  a beber grandes cantidades de alcohol con muchachos bebedores, con la esperanza de tomar por sorpresa algún muchacho con la guardia baja y abusarlo en la salida del baño, de una peña o boliche, fiesta familiar, comunión o donde sea. Mis hermanas después de la desesperación se bloqueron y dejaron todo el libido en los libros.

Flacas, casi sin pecho, culo chato, cabelleras que no combinaban con la cara, como si las partes  nuestras, hubieran sido lo peor de otras personas, lo hubieran  reciclado para nuestros cuerpos.

Habíamos empezado a aplacarnos, a apagarnos. En el único lugar que estaban cómodas, era en la pensión y la facultad. Contenidas, ya nos habían aceptado y no nos molestaban.

Con la llegada de Andrés a mi vida, la revolución fue completa. Ya lo tenía visto, como a tantos más, desde primer año de la facultad. Pero no cursamos juntos hasta tercer año. Era un chico callado, tenía sutileza, sabía hablar con profundidad y sensibilidad de temas delicados. Lograba seducirme, ojo no hacia falta demasiado para que yo me sintiese atraída. En un baile de ingresantes de la facultad de odontología en el Jokey Club, nos encontramos. El salón estaba repleto, lo descubrí en la barra entre una multitud, se las  ingenió para llegar a mí.  Me sacó a bailar y le dije que si, a todo. El departamento que alquilaba el primo estaba libre y esa madrugada entendí el motivo de toda la pelotuda vida, el porqué de la existencia, el significado del amor y el filo frió, de la mentira, profunda tristeza. Cuando a las cuatro de la mañana sonó el timbre y sin titubear me dijo andate al patio. Llego mi novia.

Había estado detrás de una puesta escuchando susurros y gemidos, hasta que logré escapar.

Nunca volvió a dirigirme la palabra, yo estaba rota, me descubrí diferente, había pasado por el umbral de la felicidad efímera, la duradera decadencia, la vergüenza y el odio.

No pude seguir siendo una de las trilliza, ya no estudiar de a tres, salir de a tres, pensar de a tres. Seriamos las mellizas y yo. Ellas representaban, sin querer, el menosprecio, la indiferencia, lo que no me funcionó, la tristeza, la soledad, el aislamiento. Lo que yo había sido y nunca volvería a ser. Deje la facultad. Hice todo por verme diferente a mis hermanas, me había puesto un pirsin en la nariz, tenía relaciones con cualquiera, en cualquier lugar. Amanecía en quintas, en los bares del puerto, días sin dormir, noches persiguiendo fantasmas, embrujada por alucinógenos, anfetaminas y todos los químicos de moda.  Fui amante de tipos casados, y mujeres infelices. Siempre de turno, siempre dispuesta. Las resacas fuertes duraban demasiado, mi cuerpo se resentía, nunca era suficiente y el vacío cada vez mayor. Era un cadáver.

Un domingo húmedo a la tardecita, era otoño, llegué casi arrastrando los pies a la pensión, estaba complicada, entre en una de la habitaciones y me tiré sobre una cama, me fui relajando y me deje llevar por la somnolencia hasta quedarme dormida. No sé cuánto tiempo paso, quizás fueron días, no sé, abrí lentamente los ojos, sentada junto a mi estaba, Shira Natha, era su nombre Hindú, en realidad se llamaba Anita y era de Berazategui, en la pensión la tenían catalogada como loca y bruja, ninguna cosa estaba lejos de la realidad, pero no eran sus defectos sino virtudes de las que ella podía jactarse.

Te gustaría que te tire las cartas, dijo Anita con la vos dulce. No tenía la menor idea de que era eso, pero estaba ágil en decir que sí. Trajo un mazo de cartas exageradamente grandes, me hacía preguntas yo respondía y ella movía la cabeza para un lado y para el otro, parecía entusiasmada. Luego puso sus manos sobre mi cabeza, sin tocarme, así estuvo un rato, yo sentía liviandad, como si me estuviera sacando peso del cuerpo. Unos minutos más tarde sacó una libreta como si fuera un recetario médico y me indico que comprara una hierbas y té, también debía decir palabras que no tenían sentido para mí, “hacélo cada media noche que puedas ver la luna libre de nubes, durante un mes” Dijo Anita, seria y luego sonrió con ternura, me abrazo muy fuerte, convencida ya de una mejoría.

No disponía de una excusa importante para no seguir sus recomendaciones y me dedique a la búsqueda de herboristerías y demás. Al pie de la letra repetía los mantras, rezos y palabras curiosas en cada noche despejada, siempre a las doce. Nunca supe bien que estaba tomando mucho menos a quien le entregaba mi credo, pero mi humor comenzaba a cambiar, mi cuerpo se estilizaba, las tetas parecían de otra mujer, todo cambiaba y me sentía de suerte, la gente se interesaba en mí y no para usarme como muñeca inflable. Estaba tan contenta que me reincorpore a la facultas, me sentía libre, cómoda.  Estaba feliz.

Después de dos cuatrimestres de cursada, yo estaba sentada en la cama. Una de las gatitas de la pensión, jugaba con el flequillo del cubrecama. Siento que golpean la puerta y la voz de Anita que me dice, -te busca un tal Andrés- yo no podía responder, no había vuelto a pensar en él, mientras  de mi boca salió la frase, “Decile que pase lo espero acá”. No entendía, yo no lo quería ver, estaba asombrada de lo que estaba haciendo, pero no me podía detener. Él había entrado a la pieza, yo seguía mirando la gata.Sus palabras de arrepentimiento, la tristeza de lo que me había hecho. Yo había dejado de escucharlo, levanté la mirada, me quedé fija en sus ojos.  Él se sacó la campera que traía puesta y dejó a un lado la mochila de la facultad. Estábamos solos, en silencio, yo me deslice sobre su cuerpo, nos abrazamos en el suelo. En ese momento una vieja novela se mezcló en mi mente, Nosferatum. Con los pies electrizados por los temblores del deseo, golpeé la escoba y se cayó sobre nosotros. Busqué en los bolsillos de la mochila donde sabía que guardaba los preservativos, saque uno, lo abrí y me lo metí en la boca. Andrés miraba de reojo y sonreía. Agarré el palo de escoba mientras salía de su vista, y coloque el preservativo en el extremo con mi boca y lo hacia con mucha cancha. Él estaba girando y cuando quedo boca abajo, saque fuerzas de mi maltratado cuerpo y  le introduje el mango de la escoba, lo empalé por lo más profundo de su ano. El grito desesperado recorrió  toda la pensión y la zona.

Andrés no murió, pero estuvo cerca. No le contó nunca a nadie sobre lo sucedido. Volvió con su novia y al poco tiempo se casó. me contaron que con el tiempo tuvo hijos y formó una familia, aunque se sabe que sus gustos en la intimidad, no siguieron siendo los mismos.

 

 

 

 

 

La Pensión ( Capítulos )

CAPITULO 1

LA PENSIÓN

Luis había quedado solo con la casa de la capital.  Era la casa familiar donde habían vivido, él, la madre y el padre. Hizo las reformas de los baños, acondicionó el patio, agrandó las habitaciones de servicio y unas bauleras. Vendiendo el pequeño departamento de su madre, había terminado algunos detalles de electricidad, gas y calefacción, que era por agua con radiadores.

Y empezó a administrar la pensión, era una forma de decir.

Se ingresaba por una doble puerta ciega, luego un pasillo corto o zaguán y otra puerta con ventanales hasta arriba que desembocaba en el patio central.

A la derecha, en la planta baja vivían tres hermanas, oriundas de Gral. Chaves, un pueblo del interior de la provincia, traían el triste mote de ser las trillizas únicas. Así les decían porque se destacaban por ser parte de las pocas trillizas que no gozaban de belleza alguna. Habitación lindante Anita “tarot”, una mujer de cuarenta años de quien se decía era amiga de las artes oscuras, tenía grandes ojos verdes.

Las dominicanas, dos hermanas que estaban al lado de la cocina entre el lavadero y  Anita. Ocupaban una pequeña pieza con una cama cucheta  y un escritorio donde estudiaban. No eran prostitutas, por más que tantos insistieran.

Los peruanos se ubicaban al fondo, en el sector más oscuro lo que les era favorable por estar fuera de la ley.

Sobre el terreno de la casa de al lado, Roberto, un visitador médico, y Luis usaban el cuarto pequeño. Motivo por el que muchos pensáramos que eran pareja.

Pasajeros de esta dimensión curiosa, solo transitaban algunos días o meses, luego se perdían en las rutinas del tiempo aquel, para seguir con otras vidas prestadas, tal como yo.

El patio tenía una mesa redonda de cemento con trozos de cerámico incrustados, los bancos del mismo estilo y otra mesa de tablones agarrados con bulones a unas patas de hierro. Siempre andaba gente, salvo algunos días de invierno. En las noches húmedas de primavera y verano corría una brisa fresca con perfume a tilo.

En la planta alta habían continuado la construcción. Estaban las piezas de “Sumo”, un japonés ex luchador, de ahí el mote. Y la del viejo Bautista un jubilado de la oficina telégrafos, que vivía conmigo sobre el garaje dónde improvisaba su negocio Jorge.

Al fondo a la derecha, como debe ser en cualquier caserón antiguo, estaban los baños los cuales para mayor comodidad habían sido reacondicionados. El de damas por un lado, caballeros por el otro, cada uno con cuatro duchas, inodoros y lavamanos. En el centro de ambos, como un monumento, una bañera antigua de cobre con canillas como serpientes, manijas como garras de halcón y patas de león. Luis estaba orgulloso, decía que se las había regalado una amiga muy especial, que se la había traído de Italia, una tal Victoria.

El viejo caserón guardaba susurros, voces apagadas de otros tiempos, se podían confundir formas a media tarde y sentir la brisa de roses, hasta pasos acelerados, rechinando el piso de madera del pasillo y una constante sensación de estar siendo observado.

Dejando de lado las reformas, la mayor parte de la casa, gozaba de excelente conservación, hasta en detalles de decoración como, candelabros de bronce y luminarias al estilo de arañas del mil novecientos. Como una opaca foto envejecida por la humedad, pero con vida.