Había poca luz y se apagaba, hacía bastante que no entraba, llegaba a la puerta y por el olor, la humedad, el frío y otras sensaciones, me quedaba en el pasillo dejando sueltos los ojos,  recordando a los viejos. 

Sabía de un espejo grande en algún lado, que era de la madre de mi abuelo. De esos grandes de cuerpo entero, podía cambiar de ángulo. Espiar el baño y observar detalles de pintura del techo con solo un movimiento.

Una vez que entré, un reflejo de alguien que aun no recuerdo, aunque sé quien es, pero quizás no quería hablar de ello en ese entonces, o quería dejar ese tema para más adelante. Convencido de que el tiempo tiene fallas y es soberbio. De rodillas debajo de una cruz y con un ramo de olivo, se pierden lágrimas de polvo de granito que ruedan y desaparecen. 

De seguro era ella. Pero yo, estaba lejos de serlo.

La pared con el revoque partido, dibujaba, como las nubes que son aburridas, la imagen de una niña aferrada fuerte al brazo, de una madre. Como olvidadas en una sala de espera.

Salí cagando, tenía catorce años, los brazos como ramas, un par de bolitas, los mocos afueras y más ganas que mi primo el del medio.

Sin duda los mejores silencios habitaban dentro, podía ser que hubieran goteras y hasta un hilo de agua que confundía las distancias y a ratos nada, y otra vez nada, nadie, seguramente nunca. 

Será que a veces los versos juegan entre el pasado, el futuro y lo del medio.

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