Hakuho entró a la habitación dejando sus sandalias afuera, como siempre, con respeto a sus tradiciones. Tomó una caja de madera que tenía debajo de la cama. Sin apuro. A media tarde de invierno, ya entraba la noche.  Hokuho se arrodillo y sentado sobre los talones se acomodó el pelo recogido, tirante, negro azabache y engominado. Un luchador no llora. ¿Y un tanguero? Cerró los ojos apretando lágrimas, abrió la antigua caja labrada con forma de unas garras de oso, tomó la daga, buscó el punto de impacto, y hundió el metal profundo certero, para exhalar por última vez y cortó la carne hacia la derecha, como se hacía antiguamente. La sangre derramada parece dibujar el rostro de Anita perdida en el tiempo. Pero esta historia, aun no pasó.

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