A la vuelta de la Pensión, sobre la misma manzana, estaba la rotisería de Los Gonzales. Una típica familia de inmigrantes Españoles, trabajadores incansables y unidos. La organización de la empresa contaba con la jefatura dividida entre la madre, que ocupaba el lugar de atención al público, despacho de la mercadería. También supervisaba a la cajera que era Elva su hija. La señora cumplía el fundamental nexo entre, la clientela y el hermetismo social del resto de la familia.  Padre e hijo estaban detrás de un gran ventanal, sumidos en la fabricación de todos los productos, que eran muchos. La mentalidad de la empresa consistía en precios bajos para lograr mayor volumen de ventas.  Al medio día o a la hora de la cena los de la pensión se cruzaban las caras en la rotiseria, mientras hacían el pedido. Se formaban grupos de vecinos  los hombres charlaban de fútbol, cargadas, debates de política, risas con anécdotas cotidianas y las mujeres hablaban de todo.

El padre  organizaba la cocina, la elaboración de las empanadas, una gran variedad de pastas, tortas fritas y postres. Los clásicos merengues de dulce de leche y crema. Tenía  a cargo a su hijo Manuel, un joven de diecisiete años, delgado, de pocas palabras y sencillo hasta para existir.  Él se encargaba de los fritos y casi todo se freía.

Dos heladeras mostrador y barias estanterías donde estaban las salsas enlatadas y las bebidas.

Los olores salían durante todo el día, la cuadra tenía esa característica y el tilo de la plaza de enfrente que anunciaba la primavera.  Manuel siempre tenía mucho trabajo y su mirada se esclavizaba como su vida, en el aceite hirviendo de las freidoras, masticando pedazos de maza cruda, algún trozo de merengue de recorte , un raviol de jamón y queso, o metía el dedo en el tarro de veinte kilos de dulce de leche y se lo llevaba a la boca para empalagarse de un solo viaje. Rutinario y silencioso. Solo en el momento en el que la puerta golpeaba la campanilla, él levantaba la vista como si entrara algo más que  un cliente, una especie de oportunidad, un desorden del destino, el cambio que sin saber anhelaba o simplemente, el sonido que lo sacaban de ese deambular mentar y lo traía de regreso a la dimensión de las frituras. Aunque en el fondo su intuición  algo sospechaba. Podía percibir entre los vapores profundos y densos del aceite de alta temperatura, cualquier perfume femenino, desde una anciana hasta el de una niña. Tenía la facilidad de escaparse del cuerpo y viajar con la imaginación, o con el alma. Alguna vez comento que se perdía en lugares donde viven los gatos, donde los felinos son dueños, gobiernan con magia e instinto. El padre de Manuel pensaba en el relleno de las empanadas de carne cortadas a cuchillo, si el pimentón ahumado era demasiado fuerte, si no se llevaba bien con la cebolla de verdeo y tapaba otros sabores. Si debería ponerle papas a las empanadas clásicas de carne picante y en la muerte de su padre en el barco viniendo para Argentina.  Si había sido una buena decisión. Si su padre alguna vez lo había amado. Todo se le mezclaba como los contenidos del antipasto de la receta familiar de los Gonzales.

En vacaciones de invierno se duplicaban las ventas y el trabajo era agotador. Llegando los fines de semanas y si enzima llovía. De todos lados de la ciudad, más los vecinos del barrio llegaban a hacer hasta media cuadra de cola en la vereda, a merced del frío y los aguaceros. Para esos tiempos Manuel estaba atento como nunca a la campanilla de la puerta, había limpiado el vidrio que lo separaba de la clientela. La mirada de Manuel  estaba llena de brillo y no podía controlar los ojos cuando una chica que pasaba el umbral, él cambiaba la cara, se transformaba y se le notaba, dejaba entre ver la profunda soledad y el deseo  contenido y opacado. El padre se había dado cuenta, podía observar esos cambios, pero había preferido estar más atento a cuestiones comerciales.

Hasta que un domingo, cerca de las tres de la tarde, estaba por cerrar ya se habían ido los padres y la hermana. Estaba repasando los hornos y terminando de barrer, agotado por el trajín, completamente sudado. Había estado cocinando y aun tenia artefactos radiando calor, con la llave en la mano y dirigiéndose a la puerta. Entró una joven que lo miró con dulzura y le dijo- Disculpáme la hora, sé que es tarde, pero me podrás venderme tres empanaditas de carne y una cerveza bien fría que estoy muerta de calor. Soy clienta y vengo seguido, aunque sé que vos no me ves, siempre estas ocupado. Manuel levanto muy lentamente la vista recorriéndo con la mirada como un radiólogo, buscándole  un defecto. Bueno le dijo. Se dio vuelta y sonrió mientras agarraba empanadas de la heladera y con delicadeza las arrojaba a la freidora. Ella recorre las heladeras del salón como en una muestra de cuadros o en un museo. Todo le parece atractivo, hasta los frascos de morrón en conserva. Él no la descuida un segundo en su seguimiento y abre la vitrina que los separa a la altura de la cintura. Llegué justo, estaba empezando a lloviznar, pensé que ya habías cerrado, le comenta ella, un poco acelerada. Él solo había dicho que no.

Las manos transpiradas le temblaban, respiraba acelerado, la humedad y el encierro ahogaban.

Que habrá pasado por la cabeza de ese chico, comentó años después su padre.

Manuel, como alguien que llega a una conclusión, o más bien toma una decisión o quizás seguramente alguien que agota sus límites. Sacando lentamente la mirada de las tres empanadas de carne que ya habían logrado el dorado ideal. Clava la vista en la chica, y como si le hubiera salpicado aceite hirviendo en las bolas, saltó por el hueco de la ventana, hacia el mostrador,  rodando con exactitud y elegancia felina, como ensayado. Traba la puerta y se abalanza sobre ella en fracciones de segundos, golpea contra las heladeras embistiendo como un toro, la joven ahoga un grito aplastado, en pleno salón de despacho frente a la vidriera.   Ese domingo a la hora de la siesta el barrio se despertó por un aullido, que no era de ella.  Atrapada en los brazos del joven, rodaron por el piso, ella casi desnuda con solo algunos trozos desgarrados de ropa, él, completamente en piel. Esa tarde duro hasta la noche. El lunes el viejo Gonzales encendió la luz y se paralizó por la escena. El comercio cobro fama con el paso de los años, ciertos productos solo podían ser comprados ahí. Hasta donde sé, los de la pensión siguieron comprando en la rotisería de los Gonzales, también los vecinos del barrio, quizás la única diferencia es que, en el despacho, ahora hay tres mujeres para atender y cobrar.

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