Desde niñas crecimos viendo a las “trillizas de oro” las mimadas de un país sin identidad, sexista. Tres criaturas rubias de perfecto pelo lacio, con inmaculada belleza. Que marcaron generaciones de miserables nazis perturbados. La realidad nos escupía en un espejo cruel a Las únicas, nuestra imagen de trillizas distaba evidentemente del ideal generado por las lindas, el mundo llegó a pensar que por el solo hecho de ser trillizas seriamos hermosas, deseadas y por ende, felices. No, no fue así. Éramos feas, no aberraciones, pero feas, no como la mujer barbuda del circo.  Como un divino perro de raza pero sin extremidades, es como esperar algo lindo, como tres niñas lindas, pero feas. A mitad de la secundaria llego el apodo de “las Únicas” lo que sería algo así como las únicas trillizas feas del mundo.

Mis hermanas tomaban la vida con filosofía religiosa, diciendo. “Esto es lo que nos tocó, Dios quiso que fuéramos de esta manera, es nuestro destino, no se puede con la naturaleza”. Con respetuosa  resignación. Yo estaba indignada, me quería ir del pueblo, pero todo debía hacerse de a tres. Había esperado a terminar el secundario y juntas nos fuimos a la capital, a vivir a una pensión de un tipo adinerado. Estaba en bancarrota y alquilaba las habitaciones de su caserón.  Nos inscribimos en la facultad de Ciencias Humanas, Asistente Social. La facultad no era difícil, mucho menos dé a tres.

La fealdad tiene muchas facetas, estaba la posibilidad de entregarme a algún muchacho sin muchas exigencias, ser más bien fácil, pero habían tantas putas que la competencia era feroz. Encima eramos  chicas de pueblo, las gauchas, paisanas y no gauchitas simpáticas, nos fuimos volviendo agrias era de esperar. Así eran las solteronas, las viudas, las que no esperaban nada. Otra forma era, ayudar a los más brutos con exámenes en las materias más delicadas, donde corrían el riesgo de no poder continuar con los estudios. Solo para tener a cambio unos brazos, medianamente fuertes para un apretón, una revolcada en algún baldío u obra en construcción. Había comenzado  a beber grandes cantidades de alcohol con muchachos bebedores, con la esperanza de tomar por sorpresa algún muchacho con la guardia baja y abusarlo en la salida del baño, de una peña o boliche, fiesta familiar, comunión o donde sea. Mis hermanas después de la desesperación se bloqueron y dejaron todo el libido en los libros.

Flacas, casi sin pecho, culo chato, cabelleras que no combinaban con la cara, como si las partes  nuestras, hubieran sido lo peor de otras personas, lo hubieran  reciclado para nuestros cuerpos.

Habíamos empezado a aplacarnos, a apagarnos. En el único lugar que estaban cómodas, era en la pensión y la facultad. Contenidas, ya nos habían aceptado y no nos molestaban.

Con la llegada de Andrés a mi vida, la revolución fue completa. Ya lo tenía visto, como a tantos más, desde primer año de la facultad. Pero no cursamos juntos hasta tercer año. Era un chico callado, tenía sutileza, sabía hablar con profundidad y sensibilidad de temas delicados. Lograba seducirme, ojo no hacia falta demasiado para que yo me sintiese atraída. En un baile de ingresantes de la facultad de odontología en el Jokey Club, nos encontramos. El salón estaba repleto, lo descubrí en la barra entre una multitud, se las  ingenió para llegar a mí.  Me sacó a bailar y le dije que si, a todo. El departamento que alquilaba el primo estaba libre y esa madrugada entendí el motivo de toda la pelotuda vida, el porqué de la existencia, el significado del amor y el filo frió, de la mentira, profunda tristeza. Cuando a las cuatro de la mañana sonó el timbre y sin titubear me dijo andate al patio. Llego mi novia.

Había estado detrás de una puesta escuchando susurros y gemidos, hasta que logré escapar.

Nunca volvió a dirigirme la palabra, yo estaba rota, me descubrí diferente, había pasado por el umbral de la felicidad efímera, la duradera decadencia, la vergüenza y el odio.

No pude seguir siendo una de las trilliza, ya no estudiar de a tres, salir de a tres, pensar de a tres. Seriamos las mellizas y yo. Ellas representaban, sin querer, el menosprecio, la indiferencia, lo que no me funcionó, la tristeza, la soledad, el aislamiento. Lo que yo había sido y nunca volvería a ser. Deje la facultad. Hice todo por verme diferente a mis hermanas, me había puesto un pirsin en la nariz, tenía relaciones con cualquiera, en cualquier lugar. Amanecía en quintas, en los bares del puerto, días sin dormir, noches persiguiendo fantasmas, embrujada por alucinógenos, anfetaminas y todos los químicos de moda.  Fui amante de tipos casados, y mujeres infelices. Siempre de turno, siempre dispuesta. Las resacas fuertes duraban demasiado, mi cuerpo se resentía, nunca era suficiente y el vacío cada vez mayor. Era un cadáver.

Un domingo húmedo a la tardecita, era otoño, llegué casi arrastrando los pies a la pensión, estaba complicada, entre en una de la habitaciones y me tiré sobre una cama, me fui relajando y me deje llevar por la somnolencia hasta quedarme dormida. No sé cuánto tiempo paso, quizás fueron días, no sé, abrí lentamente los ojos, sentada junto a mi estaba, Shira Natha, era su nombre Hindú, en realidad se llamaba Anita y era de Berazategui, en la pensión la tenían catalogada como loca y bruja, ninguna cosa estaba lejos de la realidad, pero no eran sus defectos sino virtudes de las que ella podía jactarse.

Te gustaría que te tire las cartas, dijo Anita con la vos dulce. No tenía la menor idea de que era eso, pero estaba ágil en decir que sí. Trajo un mazo de cartas exageradamente grandes, me hacía preguntas yo respondía y ella movía la cabeza para un lado y para el otro, parecía entusiasmada. Luego puso sus manos sobre mi cabeza, sin tocarme, así estuvo un rato, yo sentía liviandad, como si me estuviera sacando peso del cuerpo. Unos minutos más tarde sacó una libreta como si fuera un recetario médico y me indico que comprara una hierbas y té, también debía decir palabras que no tenían sentido para mí, “hacélo cada media noche que puedas ver la luna libre de nubes, durante un mes” Dijo Anita, seria y luego sonrió con ternura, me abrazo muy fuerte, convencida ya de una mejoría.

No disponía de una excusa importante para no seguir sus recomendaciones y me dedique a la búsqueda de herboristerías y demás. Al pie de la letra repetía los mantras, rezos y palabras curiosas en cada noche despejada, siempre a las doce. Nunca supe bien que estaba tomando mucho menos a quien le entregaba mi credo, pero mi humor comenzaba a cambiar, mi cuerpo se estilizaba, las tetas parecían de otra mujer, todo cambiaba y me sentía de suerte, la gente se interesaba en mí y no para usarme como muñeca inflable. Estaba tan contenta que me reincorpore a la facultas, me sentía libre, cómoda.  Estaba feliz.

Después de dos cuatrimestres de cursada, yo estaba sentada en la cama. Una de las gatitas de la pensión, jugaba con el flequillo del cubrecama. Siento que golpean la puerta y la voz de Anita que me dice, -te busca un tal Andrés- yo no podía responder, no había vuelto a pensar en él, mientras  de mi boca salió la frase, “Decile que pase lo espero acá”. No entendía, yo no lo quería ver, estaba asombrada de lo que estaba haciendo, pero no me podía detener. Él había entrado a la pieza, yo seguía mirando la gata.Sus palabras de arrepentimiento, la tristeza de lo que me había hecho. Yo había dejado de escucharlo, levanté la mirada, me quedé fija en sus ojos.  Él se sacó la campera que traía puesta y dejó a un lado la mochila de la facultad. Estábamos solos, en silencio, yo me deslice sobre su cuerpo, nos abrazamos en el suelo. En ese momento una vieja novela se mezcló en mi mente, Nosferatum. Con los pies electrizados por los temblores del deseo, golpeé la escoba y se cayó sobre nosotros. Busqué en los bolsillos de la mochila donde sabía que guardaba los preservativos, saque uno, lo abrí y me lo metí en la boca. Andrés miraba de reojo y sonreía. Agarré el palo de escoba mientras salía de su vista, y coloque el preservativo en el extremo con mi boca y lo hacia con mucha cancha. Él estaba girando y cuando quedo boca abajo, saque fuerzas de mi maltratado cuerpo y  le introduje el mango de la escoba, lo empalé por lo más profundo de su ano. El grito desesperado recorrió  toda la pensión y la zona.

Andrés no murió, pero estuvo cerca. No le contó nunca a nadie sobre lo sucedido. Volvió con su novia y al poco tiempo se casó. me contaron que con el tiempo tuvo hijos y formó una familia, aunque se sabe que sus gustos en la intimidad, no siguieron siendo los mismos.

 

 

 

 

 

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