Desde el fondo mira el león, el dueño, todo le pertenece, hasta la traición de los hermanos. Recorre el paisaje salvaje, se aleja de su manada. Observa, es curioso, ansioso por dentro, por fuera, estoico. El pecho inflado, firme y el olfato predador atento, maldito. Abre las manos y cierra las garras.

Sentados sobre sus bolas los monos se sacan las pulgas, se comen los mocos y se rascan contra las ramas y muñones de los árboles. Atentos al sol que se atraviesa en el horizonte, cae cansado, desatento al mundo del safari. Con las patas en el barro, el hipopótamo resopla atado a la familia, ligado a su sangre, no mezquina ni pedos ni eructos. Tapado hasta la nariz el cocodrilo se interesa, seguro toma imágenes, espía, escucha. Las serpientes en las cuevas después de un día viciado de pecado y sin decir una palabra. La humedad y el frío, tantos miles en soledad.

Inútiles elefantes, patovicas del tiempo, siempre con las manos en el bolsillo, se rascan y miran sus culos gordos. Los felinos más duros, los rápidos se lamen profundo, se tocan el naso se limpien con las mangas.

La cebra con la manada, cruza las piernas y se sacude, espanta las moscas, distraída y atenta porque sabe donde habita. Conoce la mayoría de las miradas, las risas de cannabis de las hienas, lo macacos en las sombras delictivas, y el alboroto de los patos que con cualquier excusa se rajan por entre las plantas.

Ella se separa de la manada, a él se le paran los pelos del lomo. El tiempo se detiene para los otros, se congelan, ellos son indiferentes, extraños, se niegan. Pero huelen, respiran con fuerza, el ruge y se esconde. La soledad, le espesura de la noche, las miserias.

Ella sale con soltura y ligereza al callejón,  atraviesa la plaza hasta los patios de los monoblocks. El enciende un cigarrillo, la sigue con la vista, luego va detrás.

Ella mira, él ve. Sale a la carrera y la toma de la cabeza, sujeta la melena, ella le clava las uñas. Golpea la nuca contra los ladrillos de la pared, las bocas se juntan, se presionan, ella grita y sonríe, él se detiene un instante. Caen al suelo y ruedan. Ella lo rodea con sus brazos y lo sujeta con las piernas, suspira profundo y no lo suelta nunca más.

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