El paño verde desgastado de roces, la luz perfectamente centrada, suficiente humo de tabaco de pipa y cigarrillos, cuatro en la mesa redonda, ocho ojos como bisturíes, tipos observadores, desafiantes, con gargantas de whisky y hielo, con noches y amaneceres de neón, con códigos, pactos y deudas. Voces siempre susurrantes. Cuatro caras conocidas, caras de muecas de goma y plastilina. Con bigote, con barba descuidada, con ojeras de generaciones sin dormir.

Sillas gastadas de visitas eternas, cada  una con su dueño, cada dueño con sus cábalas y martingalas, desafiando espacio y tiempo.  La vida en juego corto de cuatro y sin tope.

La picada que Marta preparó se aburre en una mesa con ruedas en un costado.

Amadeo se acelera y desafía al resto elevando la apuesta a más del doble. José Luis acepta  y agrega dos fichas de veinte, la suma es elevada, Miguel se va al mazo y el desconocido acepta y pide magnificar la apuesta. Amadeo lo quiere seguir pero se le va de presupuesto, pide a la banca y sigue en la partida. Parece un cowboy con gorro y botas tejanas,  una barba de días muestra el poco filo de su navaja de afeitar, observa en silencio mientras la partida se pone lenta y barrosa, los participantes desconfían y agudizan los sentidos en busca de un descuido, un gesto, un indicio de debilidad o miedo.

Marta aparece como un fantasma. No es percibida por ninguno, toma la bandeja y desaparece en la oscuridad de un pasillo, se escucha un portazo.

José Luis aprieta las cartas y las ojea una vez más, saca un encendedor de oro, lo roza contra los jeans, en la primera descubre la tapa y a la siguiente pasada lo prende con un chispazo, acerca el cigarro negro, da dos pitadas profundas y larga sin prisa el humo negro y denso.

El desconocido marca el paño con la uña del dedo pequeño que es extremadamente larga, sabe que en otros tiempos eso lo delataría. Tiene uñas como garras y unas manos peludas. Luego se recuesta contra el respaldo de la silla llevándose las cartas consigo, sonríe y sube la apuesta. José Luis no retrocede, lo exige y duplica, tiene ruta de paño, no es de escapar a las primeras persecuciones, tiene resto.

Amadeo retuerce las cartas, se rasca la oreja. Se miran como si alguien hubiera largado un pedo y quisieran descubrirlo. No era de exagerar, tomó las fichas suficientes para igualar y esperó.

El desconocido detrás de una cortina de humo se desfigura y su rostro parece mutar, las orejas estiradas en punta sobre la cabeza como si hubieran tirado de ellas para hacerlo nacer, la boca se ladea de un costado, resabios tal vez de una parálisis. La lámpara señala el paño y olvida los rostros en plena oscuridad y bajo la tensión del juego no todos se percatan y a otros no les parece importar, lo único es la partida. En la habitación solo existe lo iluminado, más allá, la imaginación. El círculo ya no es tan amplio, las horas se amontonan entre las arrugas de la piel, entre las manos hinchadas, en los ojos entrecerrados y en las contracturas de los cuellos. Se hace tarde y el tiempo es importante.

Una bandeja flotante pasea té, la boca seca necesita un lubricante que desempate y despegue la lengua del paladar. Se sirven y  lo dejan humear.

Las manos de Marta recogen la vajilla de los tres. Minutos  después, Amadeo se refriega los ojos, endereza la espalda que parece rechinar como una bisagra seca de portón antiguo y se relaja unos.

Marta comienza la limpieza del cuarto, ordena las fichas, estira el paño, respira hondo y ayuda a Amadeo con los cadáveres.

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