Un chillido me despierta. Una habitación sin ventanas, tal vez  es un galpón, entra apenas un hilo de luz que no puedo distinguir de donde viene, estoy tirado en el suelo de cemento.

A pocos metros de mí un viejo, sentado en una silla de madera, me mira. Desgarbado, serio, vacío. 

Algo se mueve cerca de mi pie, me cuesta mover la cabeza para ver. No sé cuánto hace que estoy acá, ni como llegue, busco en la memoria el último recuerdo y se me mezcla.

No encuentro la puerta, pero todo parece igual, paredes, cemento y este viejo de mierda, inmóvil al que le trato de hablar, grito, pero ni se entera de mi presencia, aunque no me saca sus ojos celestes de encima.

Otra vez ese chillido y el rose en mis piernas, descubro que es una rata. El frío duele y pierdo sensibilidad en la pierna. Si pudiera arrastrarme, pero estoy aplastando mi brazo izquierdo con todo el peso de mi pecho, quizás se me acalambro o esta adormecido. Mi pierna derecha comienza con un cosquilleo. Mi respiración es lo único que se escucha, en el silencio mis oídos se han agudizado, seguro es un lugar lejos, en el campo.

Empiezo a recordar, salimos a tomar unas copas con mis amigos, era una despedida, al otro día me embarcaría por seis meses en un pesquero, pero no sé más que eso.

Me doy cuenta que haciendo un esfuerzo puedo levantar un poco la cabeza y ahora veo con claridad al viejo, le falta una pierna y tiene marcas en el rostro parece cicatrices. El rayo de luz que apenas se filtraba se va perdiendo, y el frío se tornó un tema serio. Comencé a temblar, seguramente ya es de noche, el miedo se apodera de mí.

El silencio ocultó  hasta mi respiración, el único sonido está en mi cerebro, en la voz de mi mente. El tiempo cesó la realidad, dejo de tener importancia, pienso en la muerte,  en el viejo, en la puta rata que me morderá el rostro.

Abro los ojos ciego y sé que el viejo me mira, pude distinguir una sonrisa. Luego su cuerpo cae de la silla a mi lado, enfrentados cara a cara, dejamos pasar el tiempo.

Mí tiempo.

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