El hombre tenía mucho que contar, estaba serio, concentrado en la pantalla, los dedos delicados no se despegaban del teclado, se le notaban las costillas y la espalda dibujaba una pequeña joroba.

Me senté en un sillón a su lado, saqué un bagullo de hierba, armé un porro generoso y lo encendí. Me miró y dijo

-Eso te pone boludo, pendejo.

Y siguió metido en el texto.

La noche trajo frío y se había hecho un ambiente extraño e íntimo, tomé unos vasos de un mueble de la oficina y una botella de Whisky que estaba por la mitad. El hombre detenía unos segundos la escritura, tomaba un sorbo y retomaba la escritura, con miedo de perder el hilo de algo que lo tenía absorto.

La intriga era cada vez mayor, subí el calefactor, me quité las medias para masajearme los pies y que retornara la circulación de la sangre; ya la madrugada nos tenía cautivos.

La incertidumbre me llevó a hacerle preguntas que directamente no contestó.

-¿De dónde venís? ¿Cuánto hace que estas así?

En un momento en que lo noté pensativo, traté de espiar por encima de su hombro, pero enseguida me echó todo el peso de su mirada y su mal aliento para que me alejase.

Comencé a caminar en círculos por el poco espacio que disponía.

Demasiado tiempo que no tenía una historia para publicar- pensaba yo.

Llevábamos quizás demasiadas horas encerrados ahí, y él con ese olor a ropa húmeda y ese aliento.

Me arrebaté y lo ataqué, lo saqué de la silla y comprobé que pesaba sólo unos pocos kilos, pero igual lo golpeé y quedó tirado sobre el sillón. Me senté frente a la computadora, mi ansiedad era patológica, miré, y comencé a leer. La historia era genial, lo que había buscado por años, era llevadera perfectamente escrita. Un relato totalmente contemporáneo, con todos los condimentos que hacen a un gran libro.

Al terminar de leer cada palabra, éstas desaparecían. Las podía mirar pero al leerlas se perdían. ¡Era un castigo, no había forma de imprimirlas o transcribirlas!

Desesperado corrí, abrí la puerta, salí al pasillo, éste daba a una oficina, que no era otra sino la mía, que también daba a un pasillo, y a una puerta, y a otra oficina que era la mía y que tenía a un muerto, sentado a mi computadora, escribiendo una gran historia que nunca sería leída más de una vez.

 

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