Convencido de que su muerte ya debía de haber sucedido tiempo atrás, y que el regalo de la vida no solo no le interesaba, sino que no lo veía como tal. Comenzó una búsqueda un tanto trillada dentro de los caminos espirituales y senderos mundanos. Desde Budismo zen, Sexo tántrico, fue Testigo de Jehová, leyó completo el libro del Mormón y hasta él Corán. El Reiki le pareció sencillo e interesante, el yoga le dio un tiempo de calma. Vivió tres meses borracho, y no se animó a cambiar su sexo.

Una tía postiza le acercó la dirección de una mujer experta en artes ocultas, futurismo y brujería, su nombre era Aída.

Martín no tenía a estas alturas ningún tipo de prejuicio, había vivido mucho para ser que solo llegaba a los treinta.

Entró en la casa de Aída, el fuerte olor a sahumerio de mirra le bloqueó las fosas nasales. Una mesa redonda con un paño verde ambientaba la sala, un velador pequeño. Una mujer sentada con los brazos sobre el paño, con un mazo de cartas españolas, unas viejas sillas de madera talladas a mano, un espejo, que deformaba, enmarcado y colgado  ocupaba media pared. La bola de vidrio en el centro de la mesa y las señora diciendo -Adelante joven siéntate adivinaré tu suerte. Las uñas de negro con el esmalte resquebrajado, rosando el paño y quitando las migas de la cena.

Esto había imaginado Martín, de Aída. Pero la realidad es que tocó timbre en la casa y encontró a una señorita hermosa, joven, un lugar moderno con maravillosas cosas de diferentes partes del mundo. Un buda de madera de gran tamaño, varios portarretratos reciclados con fotos de la mujer escalando, haciendo tirolesa, rodeada de amigos.

El pelo lacio, con flequillo que no lograba tapar los grandes ojos verdes que miraban fijos a los de él.

Con una sonrisa amable y contagiosa lo recibió.  Solo tenía puesta una remera que le llegaba a los tobillos.  Se alcanzaban a notar las curvas de sus pechos firmes.

Martín estaba impactado, no le salían las palabras, la conexión fue mágica y la atracción inevitable. Aída tomó de la mano a Martín y lo llevo al cuarto.

Allí estuvieron por un tiempo. Una mañana de domingo, él trajo el desayuno a la cama y le preguntó. -Amor, ¿Algún día me vas a hablar del destino? Ella se quedó mirando durante varios minutos y empezó a reír- Martín, Aída la que tira las cartas, vive en el piso de arriba.

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1 Comment

  1. muy buen giro loco!
    muy buen relato.
    un abrazo don facal!!!

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