La rueda de piedra gira en su eje, paso la cuchilla. Tomo al azar cada herramienta. El metal se desgasta y sangra una mezcla negra. No importa el tamaño ni lo grueso del acero, afilar no es ninguna ciencia, pero ritual, ritual si. Hay que humedecer con unas gotas de agua la hoja, algunos la escupen, yo prefiero la nieve de debajo de la ventana así también enfrío el metal. La punta del cuchillo se vuelve puñal criminal, con personalidad y firmeza. Las pinzas y los ganchos son agujas que penetran, sostienen, tensan sin desgarrar la carne fresca.

El tío Berti entro de una sola pieza. Así era el animal; grande, fuerte, pesado e idiota. Detrás de él, papá. Era parecido al tío, pero sensible.

La soledad de los hombres solos es, sin duda alguna, mas desarreglada, desprolija y menos perfumada que las de las mujeres.

En la casa de madera, la humedad enfriaba todo lo que uno cree que no tiene temperatura alguna. Enfriaba las sabanas de las camas, los picaportes, la tabla del inodoro, los vidrios, también los corazones.

El campo en esta zona demuestra que un hombre es simplemente una parte del paisaje, una rama sin hojas. Tan real como el misterio de la noche y las estrellas. El hombre, un cuerpo con el peso del alma y nada más.

Papá y el tío no eran hermanos, aunque podrían haberlo sido. Mamá era hermana del tío, murió cuando nací –dicen. Pero yo desconfío que haya existido.

Berti revolvía una improvisada alacena en busca de una botella de ron “negro”. Así le decían a la bebida porque era una destilación casera, de una receta que llevaba muchos años en la familia.

En el invierno por estos lugares, el sol se va temprano y la noche domina casi todo el día. La noche da miedo y el miedo atrae a los malos, los malos al peligro, el peligro al dolor, el dolor a la soledad y yo tengo mucha de esas cosas.

Y los recuerdos alimentan la venganza.

Esa tarde oscura, papá y tío Berti tomaron de más. Papá se fue a dormir y quedamos el tío y yo -mañana nos levantamos temprano y prepararemos las herramientas para la faena, quizás terminemos temprano- Me miró fijo a los ojos -Me das una mano en el galpón, para que todo esté en su lugar- dijo.

Fuimos, el frío cortaba, el cuerpo siempre en movimiento para mantener la temperatura. Un farol iluminaba la parte de las herramientas más usadas, unas repisas generaban una especie de laberinto, con espacios tan oscuros que parecían impenetrables. Fui hasta el fondo, hasta donde la luz no alcanzaba, donde por primera vez se me acercó. Reconocí la mirada, le salté con un gacho de colgar que le clave en el hombro, y después la cuchilla larga de degollar se la enterré por un costado.

Preparé la mesa de faenar y trabajé toda la noche. La venganza es fría, lenta y laboriosa.

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