– Ese es el problema con los comisarios ¿no, Marta? siempre con horarios raros. Así como llego a las dos de la mañana, puedo llegar a las cinco de la tarde o a media mañana –dijo el comisario mientras pasaba el umbral de la puerta dirigiéndose a la cocina.

– ¿Estabas tomando mate sola, mi amor? – el comisario miraba a los costados, al suelo, y siguió por el pasillo sin mirar a Marta con el mismo tono de voz, con algo mezcla de calma y soberbia.

Siguió hasta el cuarto y de ahí la llamó.

–Vení amor, tomemos unos mates.

-Siempre tan atenta vos. Hay un olor raro, ¿sentís Marta?… un tufo insoportable, como a “milico”.

Marta palideció,  recorría con la mirada el techo, los rincones, la puerta entornada del baño. Mientras tanto él, pasaba por cada ambiente.

Luego de unos segundos de silencio, las palabras del comisario aterraron a la mujer.

–Marta ¿podes venir, mi amor? -con un tono desafortunadamente dulce.

Marta entró al dormitorio; vio al comisario que estaba con su nueve milímetros firme y apuntando…

– Mirá Marta, el cabo Octavio vino a ordenarme el ropero ¿no es un gesto amable?

Marta temblaba, perdió el habla, ya no había nada que decir. La policía arreglaba estos asuntos con sus códigos.

– Marta ¿me haces un favor?, traeme la cinta para embalar, la plateada, está en la caja de herramientas.

Octavio, con los ojos verdes inmensos, tirado en el rincón entre unas camisas planchadas, perfumadas y colgadas , ya esposado.

El comisario lo envolvió como un paquete, liberando solo su boca.

– Marta, es lindo el Octavio, ¿no?- dijo mirando los ojos llenos de lágrimas de su mujer. Alto, pintón. Podría haber sido granadero pero, poca cabeza, muy boludo el pibe.

Octavio pestañeó lento, como imaginando lo que se podía venir.

– Que puntería vos, venir a voltearte a Marta, esta buena, pero… ¿no te parece muy arriesgado?

Podía responder,  pero para qué, que iba a decir, ¡no es lo que usted esta pensando!

“… era demasiado.

– Marta, corazón, traeme la sopapa del lavadero.

Esa, ¡bien amor! Ahora vas a destapar la tubería de Octavio. Le metes la sopapa en la boca  y lo dejás…

Marta suplica con los ojos y eso ya era atreverse, sublevarse. Octavio se movía como una babosa en sal.

– Marta, cambiá esa cara que me traes malos recuerdos. Ahora somos una pareja adulta, vamos…

-Ahhh, y  hoy quiero cenar carne al horno con papas ¡me lo merezco!. Amor, prepárate la mesa que yo saco la basura y vengo rapidito a comer.

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1 Comment

  1. Muy buen relato Carlitos!
    muy exacta la comparación de la babosa en la sal

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