Tercer día  de 42° en la capital, el cemento parece derretirse y la brea se pega a los zapatos.  Lucas y Bebo viajan al oeste con la ansiedad que les permite el calor.  A Laferrere, en el 621.

El chófer lleva seis horas de recorrido. No logra mantener la espalda contra el asiento, la transpiración y el polvillo se han vuelto una arcilla en la piel. El exceso de peso lo incomoda, lo encierra en su propio cuerpo.

Bebo se pasa la mano por la frente y después por la cara, dejando marcas como las de un indio antes de combate. Lucas mira por la ventana.

Llevan más de cincuenta minutos viajando en la parte trasera de un destartalado colectivo de conurbano. Miran el piso, el movimiento los acuna, la somnolencia se profundiza, el ruido termina siendo rutinario. Duermen con los ojos abiertos. Es mágico, una de esas cosas extrañas que tiene el bondi en enero. Los tapizados rotos, resquebrajados, el cuero plastificado, sostenido apenas por las costuras. El aire que entra por las ventanillas solo remueve los gases de los escapes de los otros autos.

La mirada del colectivero por el espejo, es un láser. Prende la radio, se echa contra el respaldo, luego se acerca al volante y sube el volumen. “… es la cuarta persona que aparece en una zanja en el oeste en lo que va del mes, se habla de guerra de narcos, de problemas de territorio…” dice el locutor de la radio.

Miro a Bebo.  El estómago me devuelve la cena de la noche anterior, y lo vomito desde la cara hasta las zapatillas, tomate de pizza, vino y fernet, sin olvidar dejarle algunos detalles al bondi. Por un momento sentí que la mente se despejaba. Luego todo empezó a desordenarse otra vez. Me llega sangre con pedazos de cuero cabelludo, salpica los carteles de las obras de teatro, las publicidades de los que ofrecen clases de piano y otras boludeces.  Desparramo de personas, el schock me deja abrumado y luego un impacto me hace rebotar contra el fondo y después el techo.

Otro domingo de calor que me toca laburar. ¡Justo avisan del viaje el día anterior a la semi! Sí o si “tiene que estar en flores descargado antes de las 5” y no hay un puto partido en este mundial que se juegue en una hora en la que esté en casa, o el bar. Acompañado, para celebrar como se debe, y viendoló en el LED de 60′ que compró Julito. Para colmo Messi está haciendo todo bien, parece el Diego en el 86, no se si no le pasa el trapo. Si lo piso a fondo me esquivo los piquetes que escuché recién que se están armando. Hay que ser boludos y mala leche para hacer un piquete cuando juega Messi. Casi que me da ganas de agarrarlo al piquete y pasar igual. No más vale apuro y con suerte veo el segundo tiempo en la mesa del bar, los demás deben estar todos ahí.

La puta madre, ¡ya empieza! Si bajo por acá y me cruzo a… y ese bondi? que hace ahí frenado …..

Hermoso domingo, levantarme temprano me encanta, vale la pena el viaje, hace cuatro días que no la veo, entre una cosa y otra se pasa, si me pudiera tomar el viernes y quedarme hasta el lunes, entro de tarde en el estudio y me paso casi cuatro días con Esther. Y zafaría de viajar con este reventado, trasnochado. Ya sabe, se compra su mierda y cada cual su vida, encima este gordo maneja como el culo, tiene cara de pasado. Seguro viene de toda la noche, es así como se la ponen contra un camión después de pasarse en rojo algún semáforo, me asusta con esa cara, todo transpirado y lo mira a Lucas con un asco. ¡Que pálido está éste pelotudo! tildado, ¡Che mírame!, lo veo a la cara, blanca, Lucas abre la boca y como si explotara un volcán en erupción me sacude un chorro en la jeta, escucho guhaaaa como un grito de guerra y el calor ácido de las tripas del hijo de puta de Lucas me queman los ojos, no puedo creer el despelote, el jugo gástrico y de alcohol rancio, me quema, no puedo abrir los ojos. Y el gordo tambaleándose se viene con un palo ¡La puta madre!

Traté de concentrarme con la radio y no darle pelota a los dos pajeros del fondo. Cuando una ráfaga de olor profundo y un calor húmedo me salpica, levanto la vista, clavo los frenos, y sin poder creer lo que el espejo me mostraba, el pendejo arranco con un increíble desparramo desde las profundidades de la panza , manchando cada rincón que había repasado esa mañana, yo había estado trabajando toda la noche y le cubría el franco a un compañero que tomaba la comunión un hijo. Agarré el palo de tantear las cubiertas, segado por el asco, como para asustar a los pibes.  Con el freno de mano tirado, me abalanzo al fondo, le pego al que chorreaba inmundicia, con tanta mala suerte el palo golpeó por parte de la cara y la cabeza del pobre gil, sin medir fuerza, ni hastío. Y explotó como un globo, repartiendo rojo por todos lados, como si justo hubiera encontrado el punto flaco de algo sumamente delicado, me mareo me paso la mano por el rostro y el olor se impregna  la nariz. De la nada, algo se lleva puesto el bondi y lo vuelca. El impacto es muy fuerte, seguramente un camión que bajó de la autopista, los domingos se embalan porque no anda nadie.

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