Los golpes venían del lavadero, directo del lavarropas. Era un ruido como quien golpea la puerta de una casa. Me acerqué y  miré la ventana de vidrio que no tendría más de treinta centímetros.  El sonido venia de adentro!. Quité unos calzoncillos sucios y el pantalón pijama, eché un vistazo y descubrí que una luz brillaba en el fondo del túnel de metal. “Será un reflejo”- pensé; pero la tarde se había hecho noche y no estaban prendidas las luces de afuera. El túnel parecía engañarme, cuanto más metía mi cabeza, más grande se hacia la luz y para cuando me di cuenta tenía medio cuerpo adentro . El golpe, del que ya me estaba acostumbrando a escuchar, adquirió mayor intensidad y un extraño eco. Metí mi pierna izquierda y resulto que cabía parado. Noté que los agujeros por donde filtraba el agua eran profundo hoyos en los que podía caer.

Con precaución y curiosidad me fui acercando a la luz. Esquivé el ultimo de los pozos. La claridad era mayor, el suelo que antes era de metal pasó a ser de tierra. Encontré un sendero y lo seguí. Una espesa vegetación que desconocía me rodeaba. El moho se fusionaba con enredaderas de hojas verdes grandes a la vez que se veían pequeños arbustos. Al final se descubría un cielo perfectamente azul. El paisaje era maravilloso. El golpe me sorprendió, pero no tanto. Antes quedé impactado por el hombrecito que los propiciaba con su hacha.

No me presto atención aunque ya me había visto. Giro su cabecita y dijo con seriedad – ¡Mira que son curiosos los de allá, creen que todo golpe o ruido es para ustedes!

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