Como todo patio de viejos, canteros y más canteros, palitos para sostener cada planta en una inmensa variedad, con flor, sin flor, en maceta, en tierra, en un terreno sin fin.

Elvirita, postrada en cama desde hace un año y Martín caminando apenas con un bastón de caña con empuñadura de cuero curtido por los años. La realidad es que los viejos estaban en lo último de sus ocultas vidas.

Pocas veces pasábamos por el caserón de los tíos. Con Marcela mi mujer, vivíamos en la capital y por eso se hacía muy difícil visitarlos. La verdad es que cuando llegábamos a la ciudad nos entreteníamos con otros parientes, si no fuera por Marcela que me insistía tanto. Ella disfrutaba con los tíos y su jardín, sobre todo cuando Elvirita le regalaba unas flores amarillas que nunca supe de donde las sacaba. Los tíos siempre fueron poco sociables, esa casa fue su castillo  desde que tengo memoria. El tío Martín tenía un pequeño taller donde reparaba  electrodomésticos y realizaba bobinados de aparatos, mientras Elvirita se dedicaba a la casa y a la repostería para afuera, entre los dos ganaban para mantenerse y así lograron comprar el caserón que les costó casi una vida.

El interior de la casa no tenía una decoración cargada ni se destacaba de otras salvo por una gran biblioteca que Martín supo alimentar con los mejores clásicos de la literatura y algunos ejemplares contemporáneos. El living grande, la habitación de ellos con baño, y en el piso de arriba la habitación de Laura, mi prima. Ella tenía mi edad  y estando cerca de cumplir los quince murió por una bacteria. Nunca supe bien de qué se trata esa muerte, pero creo que toda muerte que no se explica, se le hecha la culpa a alguien. Nadie supera eso y los tíos, me contaba mamá, cambiaron mucho y no quisieron tener más hijos, los que era comprensible.

Elvirita estaba más que enferma, cansada. La viejita había cumplido ochenta y cinco y Martín llegaba a los noventa años, ambos le dedicaban todo el tiempo posible al jardín y la arboleda que también era muy variada, tan grande que uno tenía la sensación de perderse, entre la ligustrina, los sauces, los naranjos,  y los cerezos, Además una variedad de arboleda añosos que cerraba el cielo. Los sectores floreados eran de cuento, rosas, jazmines y otras tantas que más adelante supe reconocer por su nombre con el tiempo.

Había una fuente de agua  y un aljibe más al fondo, que servían como punto de orientación para los extraviados.

Martín era elegante, combinaba de forma refinada su ropa humilde, parecía sacado de una película inglesa y hablaba como en susurro un poco por la vejez y otro poco por capacidad para decir con claridad, sin necesidad de levantar la voz.

Elvirita estaba en cama desde el invierno pasado,  nunca hablo de su enfermedad. Él decía que necesitaba descanso, que en un tiempo estaría en el jardín con él, sacando yuyos, poniendo cercos, regando y hablando con las flores.

Marcela llevaba casi siete meses de embarazo, pronto nacería nuestra hija, Jorgelina, por suerte la fábrica se encontraba en plena producción por un contrato que hicimos con los Alemanes, con eso tendríamos trabajo asegurado por diez años.

El veintitrés de diciembre recibo un llamado de Martín que me pedía por favor que viajara a la ciudad, debía hablar conmigo lo antes posible. Se lo escuchaba muy preocupado, seguramente Elvirita había empeorado y el querría resolver las cuestiones legales siendo yo su único  pariente vivo. Marcela estaba ya con dolores de parto pero me dijo que viaje el fin de semana y que no me preocupe porque ella sabía qué hacer.

El viernes a la madrugada prepare el coche y comencé el viaje de cuatro horas. En esos viajes uno se pone reflexivo y los recuerdos lo invaden, recordé como jugábamos en el jardín con Laura y Elvirita en esas tardes perfumadas por la mezcla de hiervas y flores, eran primaveras eternas, la tía preparaba tortas y el tío Martín no paraba con sus chistes o nos corría disfrazado con una frazada y una máscara de monstruo deforme.

También recordé lo duro de la muerte de mi prima.  Pensé que los tíos se mudarían de esa casa tan llena de recuerdos, pero de alguna forma convivieron con el dolor casi sin perder el humor. Hubo una etapa en que la familia pensaba que ella había enloquecido. Tenían costumbres  extrañas. Encerrados en ese lugar que era su mundo, sin hablar con nadie o lo que es peor se decía que hablaban con las plantas que ponían nombres.

Luego de un rato puse la radio y el tiempo paso atropellado por los neumáticos En un rato me encontraba en la puerta de la casa de los tíos. Salió Martín amable como siempre pero con prisa, enseguida me arrebato del coche y sin dejarme saludar  Elvirita me llevó directo al jardín. Nos sentamos en las sillas de hierro,  puso el mate que tenía preparado sobre la mesa de piedra y comenzó una confesión que despertaba escalofríos.

-Sobrino lo que te cuento quizás te cueste creerlo, pero te juro que así fue. Laurita nos  habla, ella está aquí, hay otros parientes y un viejo hasta un viejo amigo.

-Para tío ¡Qué te pasa! ¿Qué me decís? Deja tranquilo a  los muertos, déjalos en paz, vos necesitas un médico.

-No, sobrino! Escúchame, aquí están ellos, me hablan y yo los comprendo y los cuido. Tranquilo vos, sobrino, no te asustes, sabes quienes están aquí también Mónica y Luis, tus padres.

-Se terminó tío, esto se va de lógica y no me interesa más! Decime para que me llamaste y terminemos con esto, tengo a mi mujer en la capital por dar a luz y vos con estas locuras.

-Sobrino escúchame por favor, tenés que prometerme una cosa.

-¡Tío no me jodas más con disparates!

-Para sobrino. Lo que te pido es que cuides el jardín, allí están ellos, y allí estaremos con tu tía, pero debes regar y cuidar el lugar, cada planta es especial, cada planta es uno de ellos, si se secan se mueren y se van, debes ayudarme.

-No tío, no cuentes conmigo. Esto es un delirio de viejo senil,  no me hagas perder el tiempo.

Subí al coche y sin dudarlo tome la salida más rápida a la ruta y partí a la capital preocupado por Marcela y enojado con el tío.

Al llegar Marcela terminaba de dar a luz una niña maravillosa. Por seguridad debía quedarse en la clínica tres días más hasta recuperarse del parto, me sentí un hombre tan feliz, tuve en mis manos esa mágica y movediza creación del amor. Dejé la clínica y fui al departamento para preparar la vuelta de mi mujer y la pequeña. Al atardecer una llamada de larga distancia me anula la alegría, Elvirita y Martín mueren la misma noche que nacía Jorgelina, y casi a la misma hora.

Ni bien pude viajé como rayo, y me encontré con una carta del tío que decía lo que ya sabía que podía decir, que la escritura de la casa estaba a mi nombre, etc.

Un temporal de lluvia y viento que duro semanas en la Capital retrasó mi regreso. A Marcela le quedaban tres días más en la clínica porque continuaba débil.

Me la pase pensando en los viejitos, muertos la misma noche, uno como esperando al otro para no partir solo, pensé en el jardín, pero Jorgelina, mi bebe, cubría toda la felicidad. No podía parar de pensar en cuando crezca, en su estudio, si me acompañaría con a la fábrica, tantos proyectos que uno tiene como flotando.

Regresé a capital. Marcela no mejoraba y yo comencé a asustarme. La  saque de la clínica y la lleve a ver a otros médicos, la veía débil y no lo podía creer. Al murió, su muerte no tuvo porque, ni nombre.

Le pedí explicaciones a todo el mundo y a dios lo amenace con matarme y matar a mi hija recién nacida. Todo es inútil cuando no hay más que resignarse. Al poco tiempo perdí el contrato con los alemanes por mi mal manejo y luego la fábrica. Vendí todo lo que tenía y casi loco una tarde de invierno partí con Jorgelina y con un el agusanado en el alma. Lo único que me quedaba era la casa que los tíos me habían dejado.

La casa estaba ocupada por la humedad y apilada de recuerdos agridulces. Me propuse re acondicionarla yo mismo hasta que consiguiera un trabajo, así que después de pintar las habitaciones seguí con la biblioteca y ahí encontré en la literatura un placer nuevo y una forma de disfrutar diferente. Cuando terminé con la casa, seguí con el jardín, todo un desafío. Estaba enredado y difícil, pero con mucha paciencia fui enderezando palos, removiendo tierra y resucitando viejas plantas casi secas. Los recuerdos del tío, sus palabras me revoloteaban en la cabeza y más de una vez creí escuchar voces. Me di cuenta que salvo cuando estaba con Jorgelina, el resto del día me la pasaba en el jardín. Una tarde, luego de hacer unas compras llegamos a casa y me distraje, ella sale al patio corriendo  y se pierde entre los recovecos del jardín, me asustaba un poco que anduviera sola,   me acerque y sorteando las enredaderas la descubrí, estaba en un rincón al lado de una planta de flores inmensas  amarillas, lo extraño es que ella estaba hablándole a la planta. Me petrifique no podía creer lo que veía y no me anime a interrumpir.

Jorgelina concurría a una escuela muy cerca de la casa, yo tenía una pequeña renta que nos habían dejado los padres de Marcela, con eso nos arreglábamos bien y sin darme cuenta cada día con mi hija era un amanecer lleno de amor, la felicidad se mostraba pura y genuina. Ambos disfrutábamos leer en las sillas de hierro cerca de la fuente o en el alero del aljibe o bajo el parral, el jardín estaba más lindo que nunca. Jorgelina siempre se reía cuando me encontraba hablándole a una planta mientras la podaba y yo me hacia el distraído cuando ella llamaba al sauce con el nombre del tío. Fue nuestro secreto.

Los años  pasaron muy rápido. No volví a amar a otra mujer, Jorgelina está cerca de cumplir el sueño de casarse con un joven  agradable. A mí el tiempo me envejeció de manera  cariñosa, sé que es hora de partir, son muchas las tardes que me regaló  la vida en ese jardín y tengo mi lugar pegado a las flores amarillas y ya Jorgelina no me necesita tanto. Solo le pido una cosa, que de a ratos nos hable, nos quite yuyos y  por supuesto no se olvide de regar.

Comentarios

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2 Comments

  1. Muy buen relato Carlitos!
    que loco cuando los muertos se resisten a dejarnos y nosotros a ellos.
    un abrazo che

  2. lucas.vidaguren

    26 julio, 2016 at 12:33 pm

    The suscription is now available on the side. We are still working on the format and periodicity that will suit the most to our readers.

    Regards,
    Lucas

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