La humedad moja el piso de cerámico, el gordo resopla ahuyentando mosquitos, mueve torpemente las manos de dedos grandes como inflamados por algún tipo de alergia,  la tarde trae colores de hojas rojas y amarilla, la habitación tiene dos ventanas, siempre abiertas  y no corre ni una débil briza, las piernas parecen  almohadones pálidos, el sobrepeso lo aprieta, la grasa lo deforma, genera que sus brazos floten, lo empuja la gravedad contra la cama.

Se mueve pivotando, sujetando con fuerza el respaldo de una silla,  parece ágil. En la habitación se mezcla envases de coca cola y turrones de maní con chocolate. Sus enemigos mortales son las migas de los sándwich de milanesa, o alguna papa frita perdida espera, que de tres a cinco, los martes y jueves, Berta lo visite y limpié a fondo hasta descubrir su alma.

“Me pregunto si sospecha que estoy hoy aquí, otra vez.”

Un armario guarda la ropa de alguien que ya no es, de otro, pantalones de Rugby, musculosos, pelotos de fútbol.  Aparece en una foto pegada al espejo con los compañeros del Club, la del egreso con el traje azul y los zapatos negros tan modernos. Más abajo otra con la vieja, siempre juntos.

Su mundo se encerró en su cuarto y se expandió en la web.

Se corta el pelo cuando le molesta en los ojos, y se baña cuando pica mucho. La pensión de la madre le banca la vianda. Los tíos, el chocolate y las boludeces, mientras que ya no salga a la calle, es así  el pacto.

Se le empieza a arrugar la piel y el gordo sabe pensar. A la noche tose le quema la garganta  el reflujo, duerme siempre para el mismo lado y los kilos aumentan, el corazón se esfuerza. En las noches suda, abre el ventiluz del baño, a veces le pifia al inodoro con meo, la elegancia es un saco que dejó de usar a los dieciocho.

“Recuerdo que hablábamos cuando me lleve la madre, nunca nos volvimos a encontrar, lo del viejo se veía venir y fue realmente rápido.”

Se despierta al comenzar la madrugada, yo estoy sentado en la silla de mimbre desvencijada, me mira, lejos de asustarse, me saluda amablemente.

-Te esperaba- me dice, con dificultad se para, yo lo ayudo a incorporarse.

Lo miro en silencio y me sorprende con un abrazo fuerte, baja la cabeza por vergüenza, para que no vea que está llorando.

¿Sigo extrañando la vieja sabes? Me dice y me abraza más fuerte aun.

¿Tenés miedo?, le pregunto,

no, me responde y sonríe, bueno.

Vamos gordo.

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