Me miraba desde adentro de la jaula, los ojos tenían las pupilas completamente dilatadas por la anestesia, parecía entredormida cuando la veterinaria se acercó, lentamente las garras comenzaron a asomar desde sus patitas, al sacar la traba de la jaula la gata enloqueció gritando y saltando en el diminuto espacio, su pelaje negro profundo parecía ocuparlo todo. La doctora volvió a cerrar la puerta en un acto reflejo, asombrada y aterrada después de la reacción de la gata.

– Mejor la dejamos descansar unos minutos – dije.

Al rato nos asomamos, ella estaba acuartelada en el fondo, atenta a los movimientos, mirando fijo cada mano que acechaba.  Clavó sus ojos en mí, la piel se me erizó. Me expresó su tristeza con tanta claridad que no tuvo que decir nada, abrí la jaula y la quise abrazar como a un hijo. Saco sus garras y de un salto llego a mi rostro, marcándomelo. Con otro salto fue hasta la ventana y nos regaló un último instante de su belleza infinita. Con suaves movimientos cruzo el umbral de la ventana y se arrojó a las ruedas de un camión que pasaba por la calle. Mis lágrimas se tiñeron de sangre y confusión.

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2 Comments

  1. que fuerte loco! muy bueno…muy bueno don Carlos!
    un abrazo

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