Difícil mantener el equilibrio sobre montañas de botellas de agua mineral amontonadas en el piso generando una inestable plataforma que parecía divertida. Siempre fui de otro palo, pero la música llegaba hasta mi patio y me entorpecía el sueño del viernes. El sábado dos compañeros de la facu de diseño me dijeron que un amigo compro para las dos noches, pero que para la del sábado no le daba el cuerpo y me la regalaba. -Fiesta de boludos- pensaba para mí-. El ambiente era diverso, pero de guita, la mayoría venía de facultades privadas, algunos caretas de la tele y de esos que están donde sea. Me acuerdo que tocaba “Skay” en un pub del oeste.

-El agua tiene fuego- decía un loquito y se reía, y lloraba. No le tenía el palo a las pastas, pero me di cuenta que estaban todos puestos y eso no era faso paraguayo, ni papa cortada.

Las pendejas parecían modelos, era de locos, divinas, igual todos bailaban sin darse nada de bola.

La música electrónica tenía un volumen aplastante, las luces eran un laser que te dejaba ciego, no había manera de que alguien pudiera escuchar al otro. El caos enfrentaba a gritos al DJ que parecía una estrella de rock puto, lleno de lucecitas como una feria de bolivianos en semana santa, palitos, lentes y más boludeces, todo a pilas, todo brillante y a saltar, saltar.

Me asombraba, pero el pánico me ganaba por momentos, no había más que fernet berreta y licores en botellas de plástico, la historia estaba en el agua.

Yo no tomo agua de noche.

Una criatura blanca como papel se me acerca, veo que llora, pero las emociones de las drogas son curiosas – Ayúdame, Ayúdame-. Me mira y vomita la mitad de mi pierna, más tarde supe que era sangre. Se desvanece, la abrazo y trato de sacarla para el costado. Nadie me ayuda, nadie parece verme arrastrarla, estoy en medio de una manada de seres idiotizados insensibilizados, estoy solo entre miles de personas, se vuelve ridículo gritar. Estoy asustado, esta chica esta jodida -¡escúchenme hijos de puta!  -Médico, médico !Alguien que me ayude!. La chica no pesa más de cincuenta kilos pero desmayada me cuesta llevarla… y la gente que no para.

Estoy aturdido, pateo unos tipos que parecen ser parte de este lugar y se ríen, no entienden, están igual que los pendejos. La angustia me paraliza, aparece de la nada una gata negra que emite unas sensación de paz,  puedo percibir su mirada, hasta un perfume , sus  ojos amarillos cortan los brillos de las luminarias, nadie le había prestado atención, el pelo la camuflaba parecía flotar. Alucino un gesto, un llamado, la sigo unos metros y  veo al costado de una de las pantallas donde salían las luces que había otros pibes jodidos. Me acerco lo más rápido que puedo, grito como una madre y le pido ayuda a un enfermero que estaba con dos en el piso tomándoles el pulso. Le pedí por favor que me ayude. ¡Vení! -me dice- ponela acá. Había una chica abrazada a su novio que no volvía en sí, se le caía la cabeza para los costados, la ayudé y lo acostamos y ahí me di cuenta de que cada vez eran más y que el médico no estaba en la ambulancia y el enfermero era un voluntario que se solidarizó con las víctimas.

-Me llamo Victoria, mi vieja no sabe que estoy acá- me dice y sigue – le dije que me iba a dormir a la casa de una amiga.- Dejo de hablar como para juntar energía. –Tranquilízate -le dije- es solamente una descompostura. Me acerca los labios y me dice -el agua me quema, tengo fuego en la panza- y se desvanece. Los minutos pasaban, un grupo iba y venía luego llegaron dos ambulancias con médicos, el caos comenzó a ser más notorio y la multitud comenzó a reconocer que algo estaba mal, todos los que se acercaban decían ¡el agua! ¡Loco quema! ¡Me está matando desde adentro!.

Victoria me miro y me tomo las manos, su cara era de miedo, estaba aterrada. Me quedé todo el tiempo a su lado. La abracé intentando contenerla y siento de nuevo que se desvanece.  Grito desesperado, la recuesto en el piso y de nuevo la gata negra que se me acerca, pasa su cara por el rostro de Victoria y puedo distinguir una lágrima saliendo del ojo del animal. Siento el grito despabilador de un enfermero.

-¡La vamos a trasladar al hospital… avisale a la familia!- me dijeron y se la llevaron.

No logré decirles que no era mi amiga, que no sabía de su familia, que Victoria era hermosa, que recién la había conocido y que quizás, esa iba a ser la ultima vez que la vería con vida.

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5 Comments

  1. Muy buena crónica maestro!!! Es verdad, la sensación de el agua que quema es así. Cuando ví el título me imaginé que venía por ese lado. Una boludez chiquita , donde dice “esa iba a ser la ultima ves que la viera con vida.” podría ir “esa iba a ser la última vez que la vería con vida.”
    Un abrazo viejo!!! que bueno que le estás metiendo al blog…
    suerte!

  2. !Que sintonía amigo, quizás debí dejar descansar el texto, no encontraba el giro, gracias sinceras, abrazo!

  3. Kali, la realidad quema en tu crónica. Muy bueno como siempre!

  4. Leì varios,pero èste ùltimo,me encantò.Quiza una realidad muy cercana,hizo que sintiera necesidad de saber que venìa.Muy buena descripciòn de la situaciòn y un final doloroso…pero casi siempre enevitable…Cuando el lector se engancha……
    el texto es siempre interesante.Muy bien Kali

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