Éramos cuatro o cinco parroquianos que en las tardes de otoño buscaban bajar la angustia. En el local, los vidrios se empañaban en el centro del ventanal mientras por los marcos alcanzaba a filtrarse un chiflete helado.

Natto se sentaba en la mesa pegada a la ventana junto a la puerta, trataba de dar vuelta un papel de chicle con la punta de unas zapatillas negras de suela tan gastada al punto de sentir las uniones de las baldosas del piso. Las tenía desde los catorce -me traen suerte decía- como si no lo conociéramos.

El gordo Marcos se recostaba en la silla y quedaba horas perdido con una copita de caña, la merca de los noventa lo tildo y se quedó con una excelente mirada, pero sin reflejos. Era capaz de ver  a una mina en calzas a más de tres cuadras, y te lo contaba, la describía – ¡Mira boludo, son esas telas finitas, esas que brillan, no como las comunes negras opacas, estas son de gimnasio, les levanta lo flojito y los culos duros parecen de vidrio! Me matan loco las calzas… sabes- decía el gordo.

Las noches de ese mayo se nos amontonaban, los días arrancaban tan tarde que rara vez nos cruzábamos al sol.

Un sábado  después de las seis vino el gordo y se plantó en el cordón de la vereda del bar con las patas abiertas como un buda.  El frío maltrataba hasta las plantas. -Che boludo, se murió mi viejo- dijo. Estábamos con Natto, nos miramos, lo abrazamos con fuerza. Como lloraba ese animal, daba más lástima que un panda apuñalado.

-Bueno era un hombre grande estaba cerca de los noventa… ¡y qué carajo me importa! -dijo el gordo indignado. Estoy solo en este puto mundo, soy un extraño… nadie…una bolsa de soledad-.

Ahí quedó el gordo hasta que Kilo empezó a cerrar el bar. -La tristeza afuera!- dijo cagándose de risa, y cortó para la casa.

Levantamos al gordo y fuimos para su casa. De pasada compramos una botella de vodka, esas de plástico, que es como tomar cemento líquido, te endurece sin que te des cuenta.

Otra vez el gordo Marcos en el suelo, apoyado en el marco de la entrada al baño de la casa del finado, hacia círculos con la mano en un charco de vómito, en silencio y tenía una mirada… los que sabíamos dónde llegaba, nos daba pánico mirar.

Nos quedamos moqueando, embocando lagrimas con las mangas. La vista era como un rayo de vidrio que atravesaba completa la cerradura de la puerta, parecía perderse entre unos árboles, pero seguía en perfecta línea recta y en el final, los ojos amarillos de un gato negro absorbían el impacto de luz. El camino estaba hecho. El mundo ya lo había dado por muerto.

Pero Natto sabía, siempre supo, casi sonríe, no sé por qué. Yo me quede con las manos en los bolsillos, silbando un tema de “La 25” y esperando.

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4 Comments

  1. Crudo relato. No entendí bien la última oración. Viene en un tono de caída y cierra con un tema de la “25” aunque la palabra “esperando” deja abierto el final a una espera más melancólica parecida a una larga agonía. Muy bueno Carlos.

  2. Guillermo Alonso

    26 mayo, 2016 at 11:06 am

    crudo e impecable !

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