La habitación estaba en una de las esquinas de la parte superior del edificio, la mayoría de las paredes estaban vidriadas. Durante el día se bajaban unas cortinas de black out que atenuaban los brillos, hasta oscurecer el lugar. Al llegar la tarde el sol se tornaba de color naranja, levantaban las cortinas y la vista no tenía fin. Se podía ver casi toda la ciudad. Las casas con techos coloniales, algunos barrios que se distinguían por mantener los estilos en una construcción vieja de colores opacos.

A esa hora, cada día y no puedo precisar durante cuanto tiempo, llegaba la fiebre.

Un rato después, cuando la tarde se mezclaba con la noche, llegaban ellas a lucirse, a mostrarse por las cornisas, con sus pelajes brillosos, llamativos, con ese caminar sensual que solo tienen los felinos. Una de color castaño rojizo y otra negro profundo. Todas las tardes me brindaban un espectáculo similar, lleno de gracia y belleza.

El silencio cruzaba los pasillos de punta a punta y el edificio quedaba desértico.

Esa noche una de las ventanas había quedado entreabierta. De repente algo saltó sobre la cama, era una de las gatas. Me asustó en un primer momento pero en estos lugares, algo de compañía es maravilloso. Se recostó en mi cama, lamió mis dedos. Las sábanas se habían vuelto muy pesadas y abultadas. Comencé a transpirar, estaba incomodo, no sabía desde cuando estaba en ese hospicio, ni mi patología. Trataba de mantener algo de coherencia. Quizás, ya era tarde.

De entre las sábanas, una cabellera espesa se asoma mostrando un rostro de mujer, hermosa, con unas pecas rosadas increíbles.

Ella se abalanzo sobre mí. Comenzó pasando su lengua áspera por mi pecho, besando y mordiendo mis pezones. Así continuó por todo mi cuerpo. Mi pene como una jabalina entre sus manos terminó incendiado en su vagina, tan húmeda, tan profunda.

Sumergí mi cabeza entre sus pechos generosos, la excitación y el estupor me llevaron a lo más profundo del placer. Recuerdo que acabé con un caótico temblor en todo mí ser. No pude recordar más.

La mañana siguiente había trascurrido sin novedades y entrada la tarde, la ansiedad se empezaba a sentir. Al llegar la noche,  los pasillos nuevamente se relajaron. El silencio conquistó el edificio.

Una de las enfermeras, la morocha, llegó al cuarto y me dio una inyección. Acercó su rostro y me miró profundo a los ojos. -No te perdono  lo que hiciste  con la castaña- y en silencio, moviendo las caderas con elegancia felina, se fue perdiendo por el pasillo.

Comentarios

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10 Comments

  1. Me encantan tus textos. Espero tus próximas publicaciones.

  2. Señor Facal, 20 segundos despues de leer su comentario en el blog Orsai me vine para acá. Es un placer que me haya invitado a ver su creación. Lo leo, le comento y le agradezco la invitación, sinceramente. Un abrazo….El Toti o Panza arriba, como dicen por ahi.

  3. muy buen texto Felinas! es complicado el relato erótico sin caer en lugares comunes o detenerse un monton de tiempo en detalles del acto sexual. Le encontraste una vuelta de tuerca a lo onírico del texto. Un abrazo Carlos

  4. A la flauta….!
    Que descripción… casi que podía ver lo que pasaba.
    Felicitaciones y que aparezcan nuevos !

    Miguel

  5. si te interesa el genero erótico, acá te dejo el blog de una amiga.
    charoluna.blogspot.com
    fijte y cusmealo.
    un abrazo!

  6. María Pura Cordonnier

    26 mayo, 2016 at 5:58 pm

    Muy bueno Kali, muy logrado.
    Gracias por compartir Ivana.
    Un abrazo!

  7. Muy bueno Kali, podrias escribir alguna comedia para nustro teatro. Saludos y buena suerte.

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